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30 nov 2010

Raices, arraigos y desarraigos: mi historia




Il faut voyager loin en aimant sa maison*.


Cuando yo era chica, según cuenta mi mamá, yo amaba Córdoba y decía,  a quien quisiera escuchar, que no había ciudad más linda que aquella en la que yo había nacido. Era, claro está, un versito bien aprendido porque no había viajado mucho y, las veces que lo había hecho era tan pequeña que no había tardado en olvidar cómo lucían las ciudades en las que había estado. Pero como mi papá me decía que Córdoba era HERMOSA, yo lo repetía, y creía de verdad que ciudad más bella no podía existir.

La ilusión duró poco.

Cuando tenía 7 años, viajé con mi familia a Buenos Aires durante unas vacaciones de invierno y fue verla desde el avión y caer rendida a sus pies. Para quienes no conocen la ciudad, les cuento que los vuelos que llegan desde el interior del país, lo hacen a un aeropuerto ubicado muy céntricamente, y sobre la rivera del Río de la Plata, y antes de aterrizar y al despegar, uno sobrevuela las partes más bellas de la ciudad, Avenida 9 de Julio incluida. O al menos así es cuando uno llega desde Córdoba. Buenos Aires, a quien alguien llamó alguna vez la Paris del Sur, se despliega así desde el primer momento en todo su esplendor. Recuerdo vívidamente la fascinación que sentí esos días mientras caminaba por sus calles, corría por las plazas, observaba los edificios, los cafés, la gente que caminaba apurada por las calles del centro.

La fascinación fue tan grande que, al terminar las vacaciones, no quería volver. Peor aún, cuando el avión que nos llevaba de vuelta a Córdoba empezó a sobrevolar la ciudad ésta me pareció...insulsa. Y, con verguenza y, sobre todo culpa, le confesé a mi mamá que Buenos Aires era mucho más linda. 

Ese fue mi primer acto de "traición emocional a la Patria" o el origen de mi Fernweh. Y fue el origen, porque el descubrimiento de que existía un lugar no sólo más bello (para mí) que aquél que conocía, sino donde me había sentido tan bien como para querer quedarme, abrió la compuerta a otra serie de pensamientos por el estilo: ¿y si no sólo me gustaba alguna ciudad más que Córdoba sino más que Buenos Aires? ¿Y si me gustaba más otro país? ¿otro continente? ¡Las posibilidades eran ilimitadas!


Pensandolo bien, el Fernweh en mí bien podría ser genético porque vengo de una familia en la que no han habido desde hace 100 años dos generaciones seguidas que permanezcan en el mismo lugar donde nacieron. Mi bisabuelos paternos (por línea paterna) nacieron en España, de donde salieron huyendo (según cuentan algunas versiones de la historia familiar) con mi bisabuela embarazada de mi abuelo, quien nació en el barco (supongo que en aguas argentinas porque tenia la nacionalidad argentina). En esta misma rama de la familia hay un famoso tío de nombre Pedro que aparentemente fue tremendo trovador y que pasó su vida recorriendo provincias con su guitarra y dejando hijos en cada una de ellas, a los que luego volvía a darles su apellido (así que si alguno de los que lee este blog tiene algún tío abuelo así en el anecdotario familiar ¡podemos ser primos! ;). Mi bisabuelo materno llegó desde Italia en 1922, porque habiendo peleado en la primera guerra mundial, temía una segunda. Su mujer y su hija (mi abuela) lo siguieron en 1929, con mi abuela de 7 años, y se instalaron en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Mi papá nació en la provincia de Chaco, mi mamá en la provincia de Buenos Aires, pero  se conocieron, se enamoraron,  se casaron y formaron una familia en Córdoba. Que yo saliera a trotar mundos era, visto asi, seguir el orden lógico de las cosas, continuar esa especie de sino familiar que nos transforma en buscadores del hogar. Sólo que un poco más extremo, considerando los lugares donde he estado ;)

Aceptar este sino, sin embargo, no fue facil. Desde ese viaje a Buenos Aires y, aún más a medida que fui creciendo, tuve la sensación que era más facil ser feliz en otros lugares. Que ME era más facil ser feliz en otros lugares, para ser exacta, porque al fin y al cabo, aquello que nos hace felices es relativo, al igual que aquello que nos gusta o no. No hay lugares buenos o malos en abstracto, en mi opinión, sino lugares a los que pertenecemos y que se nos revelan instantaneamente, y otros en los que insertarnos representa un esfuerzo. A mi, pertenecer a Córdoba y hasta a Argentina, me implicó, ya desde chica, un esfuerzo de adaptación que no sentí en otros lugares, por extraño que parezca. 

Esta realidad, tan intrínseca en mí, esta sensación tan arraigada, tan fuerte que tuve desde muy pequeña no fue fácil de aceptar para mucha gente. Y esto es porque, en mi experiencia, a la gente Heimweh le cuesta mucho entender (y aceptar) a los Fernweh. No sentirse arraigado al lugar de origen es visto como una traición, como una ofensa. Frases como "¿cómo puede gustarte algún lugar más que Córdoba?" "En ningun pais vas a vivir mejor que en Argentina" "Lo que pasa es que vos sos fría, por eso te da igual estar lejos de tu familia" "Vos te queres ir porque sos materialista y buscas confort económico antes que afectos" hasta lugares comunes de corte pseudo psicológico como "Los que se quieren ir buscan huir de algo pero uno siempre se lleva a sí mismo en la valija" son cuestionamientos con los que tuve que lidiar toda mi vida. Y muchas veces me pregunté a mí misma si no había algo de verdad en ellos, y hasta intenté sentir ese arraigo y la conclusión siempre fue la misma: el arraigo en mi propia tierra implicaba un esfuerzo, y uno aún más grande después de salir de ella. Por más corto que fuera el tiempo que hubiera estado afuera, siempre sentí shock cultural inverso al volver, como Oliveira en Rayuela, cuando al volver a Buenos Aires:

"Se dio cuenta que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido"***

Pero a pesar de ésto, cuando me fui definitivamente, no buscaba irme. Creo que durante años, de alguna manera, me había preparado para irme (estudiando varios idiomas, por ejemplo) y que los esfuerzos de adaptación a mi propio lugar de origen facilitaron mi nomadismo: sentirme extraña, al fin y al cabo, era lo normal para mí, y sabía de memoria cómo hacer para incorporarme, de a poco, a un lugar y a una cultura que percibía como diferentes (a veces en sutilezas) a la mía propia. Pero, en concreto, partir cuando lo hice fue más el resultado de un conjunto de circunstancias externas que de una búsqueda activa de partir a donde finalmente recalé inicialmente.

El destino original de esa partida, el primer lugar que me acogió por aproximadamente cinco meses fue Fuerteventura, Islas Canarias, España. Partí con un pasaje de avión, unos pocos euros y la invitación de una gran amiga que me acogió con su familia y me guió esos primeros meses. Cuando miro hacia atrás, recuerdo ese tiempo como un momento de contemplación: no tenía la más remota idea de qué iba a depararme el destino y, visto que muchas cosas habían salido mal en un pasado reciente, no me animaba aún a hacer planes a mediano ni largo plazo. Pero España me curó las heridas bastante rápido, con su gente cálida, simpática, abierta  y trabajadora y me renovó la confianza en muchas cosas, pero sobre todo en mi y en  mi destino. Y así, con una confianza rayana en la inconciencia, envié en la víspera de mi cumpleaños una postulación a un puesto que deseaba mucho pero que, dentro de mí, creía imposible obtener. Tres días después me llamaban por teléfono y tenía la primera entrevista para ese puesto, dos meses y medio después dejaba España rumbo a Costa de Marfil.

En Costa de Marfil, todo habria de cambiar definitivamente, porque al día siguiente de llegar conocí a quien hoy es mi marido. Una semana después comenzamos a salir. Un mes después él me pidió casamiento. Cuatro meses después, nos casamos en Florencia, Italia. Durante todo ese tiempo, yo vivía en el interior del pais y él en la capital y viajabamos para vernos cuando podíamos, en el medio de un país convulsionado por una crisis y una guerra recientes y unas elecciones esperadas pero que no habrían de ocurrir. Dejamos Costa de Marfil para casarnos dos días antes que se desatara otra crisis y volvimos a un país más tenso aún que aquel que habíamos dejado.

Yo cambié de trabajo, armamos nuestra casa con la particularidad de la vida en zonas de conflicto, que dicta que uno se establece a medias, manteniendo siempre más o menos preparada una valija de 20 kgs para caso de evacuación, de forma minimalista, porque uno tiene reticencia a llenarse de objetos que luego serán de dificil traslado, sin saber demasiado cuánto tiempo más uno habrá de permanecer en ese lugar, ajustándose a restricciones de movimiento, acostumbrándose a salir del pais cada tres meses...un poco aquí y un poco allá los años fueron pasando y justo cuando las rutinas empezaban a hacerse propias y  Abidjan empezaba a sentirse hogar, llegó la hora de partir.


Durante un tiempo habíamos estado buscando trabajo en un país más apto para formar una familia, no sólo sin tantos problemas securitarios sino sin enfermedades tropicales como la malaria (que yo había padecido ya dos veces, y mi marido una). Y en Junio de 2007 ese trabajo llegó para mi marido, en Chipre. Yo permanecí en Abidjan seis meses más y me le uní en diciembre. Nos encontramos en Belgrado y, juntos, llegamos  Chipre en la nochebuena del año 2007, y aquí estamos desde entonces, aquí nacieron nuestros hijos, y aquí permaneceremos hasta que el destino vuelva a llamarnos para partir al encuentro de nuestro próximo destino.

Si partir es morir un poco, a estas alturas debo tener mucho de Fénix. Con cada partida muere en mí algo de aquella persona que fui en el destino anterior, quizás porque esas muertes sean necesarias para la adaptación al próximo lugar, quizás porque no eran parte constituyente de mí misma. Así, vivir afuera, entre otras cosas, ha definido extrañamente los ribetes particulares de mi Argentinidad: la mirada del otro, el contacto con esa otredad tan obvia de la cultura ajena, no sólo me han hecho dejar de lado caracteristicas identificadas con el ser argentino  sino que me han aferrado a otras que no eran tan obvias para mí cuando vivía allí. Las cosas que extraño pueden no ser las cosas más comunes y pueden no ser suficientes para hacerme querer volver a vivir en Argentina, pero han servido para definirme. 


Y es por esto mismo, por esas cosas que mueren y nacen en mí con los kilómetros, los países, las culturas, las experiencias, que mi argentinidad ha perdido la obviedad. Para gran sorpresa mía, este año, sentí que me negaban tres veces: Argentinos no me reconocieron como Argentina. Hasta este año, siempre que me encontraba con algún connacional, éste me identificaba como tal antes de que abriera la boca. Hasta este año, en que empezaron a escuchar con sorpresa mi acento cordobés.  Yo no sé qué cambió, qué parte sutil se vió modificada sin que yo me diera cuenta, pero supongo que esa es una de las consecuencias del trotar mundos durante un cierto tiempo. Parte del ser que fui en Argentina debe haber muerto en la adaptación a otros lugares, y con cada año que pasa siento que sería más dificil volver a vivir allí. Aun cuando comprendo la forma de pensar, ya no la intuyo como antes y  al leer los diarios comienzo a sentir sorpresa, porque he dejado de comprender por qué las cosas son cómo son y no de otra manera o mejor dicho, por qué las cosas no pueden ser de otra manera. Mi lógica es hoy distinta en más de un sentido y, si bien nunca tuve una forma de pensar muy típica, esas características que me hacían sentir ajena, hoy se han acentuado. 


Extraño a mi pequeña familia (mi mamá y mi hermano) y extraño a mis amigas a punto de mirar con cara de carnero degollado los grupos de mujeres tomando café en los bares, pero no al punto de querer volver (sino más de traermelos a donde yo estoy, je) porque los siento cerca a través de emails y de llamadas telefónicas. Y por otra parte porque no me engaño pensando que de volver (si así lo quisiera) las cosas serían como eran, porque aunque en mi cabeza mis afectos hayan quedado suspendidos en el tiempo, y sigan teniendo la edad que tenían cuando me fuí hace casi 6 años y sigan pensando y sientiendo como entonces, sé, racionalmente sé, que no es así. Que el tiempo ha pasado para todos y que así como las experiencias que cuento en este blog y otras tantas más me han cambiado a mí en más de un sentido, así tambien cada una de esas personas, en este tiempo ha peleado sus propias luchas, reido con alegrías y llorado con lágrimas y tristezas que no hemos compartido. 


Mis hijos, hoy pequeños, son productos de esta familia multicultural y nómade en la que nacieron, con padres de paises distintos, obligados a aprender tres idiomas desde la cuna (y un par más a la brevedad, para poder adaptarse a este tipo de vida), con familias y tíos postizos que los ven crecer por fotos,  que los escuchan hablar en videos, que les mandan su cariño por mail y por correo. Muchas veces me pregunto si ellos irán a necesitar permanecer en un lugar determinado, si extrañarán la idea de un tipo de hogar que nunca han tenido, o si estarán felices con esta realidad de hogares temporarios y, como sus padres, sentirán exitación al mirar un globo terráqueo y pensar : "Y ahora: ¿a dónde? ¿cual será el próximo destino? ¿cuál es próximo idioma que deberemos aprender? ¿qué nuevas costumbres deberemos incorporar? " Es dificil saberlo.

La noción de hogar, creo hoy, tiene connotaciones diferentes para cada persona,  aquello que constituye las raices es distinto para cada uno y , así como hay personas que no conciben las posibilidad de moverse del lugar en que nacieron, hay otras que se sienten como plantitas a quienes el viento arrancó de cuajo al nacer y  casi por error estan en tierras extrañas, con raices a medias, sintiendo que en realidad tendrían que haber nacido en otra parte. Hay quienes sienten que hasta viajar como turistas es una pérdida de tiempo y pueden estar en la cima de la Torre Eiffel pensando qué hacen allí y que extrañan su casa****, hay quienes aman viajar pero aman igualmente retornar a un hogar definido y para quienes la vuelta a casa es tan placentera como la exitación de la partida, y hay quienes como yo, sienten que el hogar no es un lugar fijo sino un lugar por descubrir, si acaso, y que está bien así; que el hogar puede ser un conjunto de lugares temporarios donde poner los libros y dejar reposar las valijas, quietas, por un rato. Y que el resto se lleva en los recuerdos y el corazón.




Aquí les dejo algunas imágenes de Chipre, y les deseo que esta sea para ustedes una hermosa semana!


La roca donde nació Afrodita: Petro tou Romeo





Ledra Street, en el centro de Nicosia (lado Griego):


Bahía de Kyrenia ( en el norte de la isla, del lado Turco)


Kakopetria (en las montañas Troodos, al centro de la Isla):




* Apollinaire, Les Mamelles de Tirésias (citado en Rayuela, "Del lado de acá")
**La imagen del comienzo es una foto de la Iglesia Catedral de Córdoba, Argentina, vista desde la plaza que se encuentra en frente, llamada Plaza San Martin. San Martin fue el libertador de Argentina. La foto fue tomada en abril de 2006. 
***Rayuela, capítulo 40
**** Historia real. Conocí a alguien a quien le pasó exactamente eso.





11 jun 2010

La lluvia





Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado*.


Ayer, como casi nunca, llovió en Nicosia. Y mientras veía caer las gotas, copiosas, sobre la calle, golpeando las ventanas de mi departamento a su paso, pensé, como siempre, en lluvias pasadas.


Recordé aquella vez, hace ya diez años, en que se largó a llover con tanta fuerza en Nueva York, que para llegar a la residencia en que vivía tuve que pedir una bolsa de consorcio en un restaurant chino cercano a donde me encontraba, y hacerle un hueco a la altura de los ojos para así poder cubrirme con ella mientras corría cual bolsa azul viviente. 


Recordé la garúa finita y constante que caía sobre una París azul, y volvía al Sena irreal, fantasmagórico, un frío día de invierno de hace ya mucho tiempo. 


Recordé las tormentas en Anisacate, en las sierras de Córdoba, en Argentina, el rugido de los truenos, los relámpagos horizontales, las hojas de los árboles cayendo al piso junto con las gotas.


Recordé las breves tormentas tropicales de Isla Margarita, tan fuertes y violentas como breves.


Recordé la fuerza descomunal de la lluvia en Daoukro, donde los truenos bramaban partiendo el cielo en dos, y las gotas caían con tanta fuerza, con tanta pesadez, con tanta pasión que yo tenía que meterme adentro del armario para poder escuchar cuando me hablaban por teléfono. Recordé el olor de la tierra mojada, el olor a pasto, a fresco que llenaba la ciudad después del vendaval.


Recordé la pequeña llovizna que caía en Florencia el día de mi casamiento (como augurio de felicidad, dirán algunos) y la primera vez que llovió en Nicosia después del nacimiento de mis hijos, cuando los tomé en brazos y los acerqué a la ventana para mostrarles -aunque no se dieran cuenta-que esa agua que caía del cielo era la lluvia.


Sí, para mí, como bien dijo Borges, la lluvia es una cosa que sin dudas sucede en el pasado. 


Y ustedes: ¿Qué lluvias pasadas vienen a su memoria cuando ven llover?


¡Que tengan un lindo fin de semana! ¡¡¡Y bienvenida al mundo Leta!!!!













*El párrafo anterior es el primero de un poema de J.L.Borges llamado "La lluvia", y publicado por primera vez en el libro "Fervor de Buenos Aires". 

7 jun 2010

Modas de aquí y de allá

"There is nothing like returning to a place that remains unchanged to find the ways in which you yourself have altered" Nelson Mandela,  'A Long Walk to Freedom'




En mayo del año 2006 viajé por primera vez a Argentina después de haber partido definitivamente. Iba con mi marido, a quien había conocido apenas 9 meses antes, en Costa de Marfil, y con quien nos habíamos casado hacía 4 meses (les ahorro las cuentas: nos casamos a los 5 meses de conocernos, sí). 

Llegamos a Buenos Aires temprano a la mañana  e inmediatemente fuimos a Aeroparque, a esperar el vuelo a Córdoba, que salía al mediodía. Entramos relativamente rápido a sala de embarque y, una vez allí, nos dedicamos a pasear por los negocios, le dí a mi marido el primer alfajor de su vida para que probara, tomamos un café y caminamos un poquito más. En eso estábamos, cuando noté que mi marido observaba a la gente a su alrededor, pensativo. 

Le pregunté si le pasaba algo y, cuál no sería mi sorpresa, cuando me respondió con una pregunta. "¿Por qué la gente está vestida como en la década del '80?" me preguntó. "¿A qué te referís?" contesté yo, sin tener idea de a quién estaba mirando para decirme eso. El me señaló unos hombres vestidos de traje y yo lo miré sin entender nada. "Estan usando chalecos tejidos" dijo él como si con eso aclarara todo." "Si" -le contesté -"es otoño, usan chalecos porque está fresco pero no frío como para un sweater" " En Serbia hace frío y yo no he visto un chaleco así desde la década del '80. Me hacen acordar a mi papá" me contestó, y yo me quedé de una pieza. Eso no fue lo único: la impresión de vestir anticuado se la dieron tanto hombres como mujeres, y los hombres, además, le dieron sensación de dejadez . Pelo muy largo, barba crecida, ropa arrugada o demasiado ancha: esas eran las cosas que él me nombraba mientras me preguntaba, sorprendido "¿por qué no se cuidan?  (Y aclaro que mi marido no es ningún metrosexual ni mucho menos).

Con el tiempo, la misma impresión me sería manifestada por otra gente en distintos contextos: una señora española que se sentó a mi lado en un vuelo Buenos Aires- Madrid ("¡Los zapatos argentinos son todos iguales y tan anticuados!"), amigos franceses que habían ido de visita a Argentina, un amigo italiano luego de encontrarse con un grupo de argentinos en una excursión al norte de Nicosia ("me sentía en Napoli en los años '80" "todos con razgos netamente italianos, pero con cortes de pelo y ropa de otra  epoca, fue surrealista"), el periodista de un diario serbio que escribía en su blog sobre el rally Paris Dakar, el año pasado ("los Argentinos son sumamente simpáticos y encantadores pero se visten como hace tres décadas atrás ¡sólo que allá eso está de moda!"). A esta altura yo ya me he acostumbrado a que me lo digan pero no fue sino hasta hace poco que entendí a qué se referían. 

Antes de irme yo creía que, en estos tiempos globalizados, la moda estaba perdiendo su carácter local, que lo que se usaba en Tokio, tambien se veía en las calles de Paris y sin dudas despues se vería en Buenos Aires, que los Argentinos seguíamos fielmente la moda europea y americana, y que, hoy por hoy, caminar por las calles de cualquier gran ciudad devolvía más o menos el mismo paisaje humano. Estos años trotando mundos me han servido para darme cuenta que no es tan así, que cada pueblo imprime su carácter en la moda que adopta, y que distintas circunstancias de orden local influyen en este proceso. 

Así me pasó que, los dos primeros años fuera de Argentina, me costaba encontrar ropa que quisiera comprar en Europa. Extrañaba los modelos, los cortes, las casas conocidas de Argentina. Soy, posiblemente, lo más lejano que existe a una shopaholic (miro mucho, pero mucho antes de comprar) y eso, sumado a que sólo compraba en las dos semanas que tenía cada tres meses (cuando salía de Costa de Marfil)  complicaba aún más las cosas. Pero al cabo de ese tiempo, algo cambió en mí sin que me diera cuenta: cuando en Diciembre de 2007 (a casi tres años de haberme ido) volví a Argentina con la idea de comprar de todo, me encontré con que me costaba encontrar ropa y zapatos que me gustaran (a precios razonables- y recalco ésto porque aquello que me gustó podía conseguirlo por menos de la mitad en Europa)  y me fui con gran desilución, y con las manos vacías. 

Este proceso se ha acentuado más desde entonces: cuando miro por internet revistas de moda o webs oficiales de casas de ropa argentina, cada vez me cuesta mas encontrar algo que me tiente.  No creo que haya cambiado algo allí, ni creo que se trate de que la moda allá sea anticuada, como diría mi marido. Creo, más bien, que lo que ocurrió fue que la cambié fui yo, que la exposición a otras formas de ver la moda me influyeron más de lo que pensaba y mi gusto, aquello que me atrae, fue mutando. La moda, aquello que vestimos, creo hoy, es no sólo una representación de quienes somos y de cómo elegimos mostrarnos al mundo, sino tambien una manifestación de dónde venimos,  de dónde hemos estado, de dónde estamos hoy. 

En el próximo post voy a contarles un poco de cómo viste la mujer africana, de acuerdo a los paises de donde provenga, y en posts siguientes iré subiendo fotos de Chipre y de Serbia tambien para que vean un poco a qué me refiero. Pero mientras tanto, cuentenme ustedes ¿notaron al viajar diferencias en la forma de vestirse de la gente? ¿a qué lo atribuyeron? ¿han cambiado ustedes su forma de ver la moda/de vestirse despues de vivir en otro lugar-ya sea otro país u otra ciudad? 


Les deseo que tengan una hermosa semana y ¡hasta el próximo post!


*La foto del comienzo es de la ruta que lleva de La Cumbre a Cruz Chica, en el Valle de Punilla, Sierras de Cordoba. Es mi lugar preferido y, afortunadamente, su paisaje ha logrado permanecer inalterado. A pesar de no ser un lugar que guarda recuerdos de infancia, sí es un lugar que guarda recuerdos felices, y al que no concibo no volver si estoy en Argentina. 


19 mar 2010

Recorrido beauty de Buenos Aires

¡Hola a todos! Para el post de hoy les traigo un autor invitado de lujo: nada más ni nada menos que Mrs Fruticienta, del fantástico blog Be Stylish or Die Trying, que fue reconocido por la revista Clarin Mujer como uno de los 10 blogs imperdibles en materia de moda y belleza. Siguiendo con la idea de los recorridos temáticos, le pedí a Fruti que hiciera un recorrido beauty de Buenos Aires, y aquí está. Con ustedes, Fruticienta:

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Si bien no puedo hablar de recorridos culturales (tengo poco viaje en mi haber) de lo que si puedo hablar es de recorridos beauty. Les muestro lugares a los que fui, iré y a los que me encantaría ir. Algunos accesibles y otros no tanto, pero todos son paraísos terrenales para las que disfrutamos de cuidarnos.


Por si se quedan en la capital federal… y por el microcentro les muestro dos opciones geniales:

 
Le Spa Rouge: un spa urbano creado por la cadena de perfumerías Rouge. Mientras compran algún perfume o crema de tratamiento en las Galerías Pacífico o almuerzan en Le Bistró Rouge (también de la perfumería) pueden acceder a algún tratamiento express o no tanto. Hay para todos los gustos: masajes, limpiezas faciales, sesiones de powerplate, cabinas de ozono y por sobre todas las cosas: relax. Una anfitriona los recibe y les ayuda a encontrar el mejor tratamiento para ese día o fin de semana.





La Maison Lancome: sobre la avenida Santa Fe, es uno de los pocos que existen en el mundo. Allí no sólo se pueden adquirir los productos de la firma francesa, sino que también se puede acceder a clases de maquillaje, asesoramiento personalizado para la elección de cremas, perfumes o lo que se desee. También cuenta con servicios de limpieza profunda del cutis, tratamientos anticelulíticos y el LANCÔME DIAGNÔS EXPERT, ideal para conocer en forma precisa la naturaleza exacta de la propia piel, visualizar en una pantalla el estado de la misma en la superficie y en profundidad para identificar las necesidades y poder asesorar sobre el producto adecuado para ella.





Un poco más especializado es el Spa AquaVita del Doctor Ruben Muhlberger, un referente de la medicina ortomolecular y de rejuvenecimiento. No sólo tiene ese spa, sino que cerca está la clínica para tratamientos más complejos: botox, depilación definitiva, hilos tensores y hasta un tratamiento de brilloterapia (para suavizar, disimular arrugas y darle resplandor a la piel)





Y por último, si los maridos se quejan de que una sólo tiene ojos y disponibilidad para la belleza, se lo puede llevar (engañado, obvio) a La Reserva Sofitel de Cardales , a 61km de la capital. Mientras él disfruta del paisaje y del singular restó con una barra increíble (la caipirinha es increíble), una puede escabullirse hacia el Spa y disfrutar no sólo de los tratamientos tradicionales sino del circuito especial de aguas único en sudamerica.


 
Espero que vayan aunque sea a alguno de los lugares de la capital, les recomiendo darse una vuelta por las perfumerías Rouge y La Maison Lancome, aunque sea para dsifrutar del ambiente.




Después me cuentan que les pareció.







24 feb 2010

El aroma de las magnolias



Mi flor preferida es la flor de la Magnolia. Amo su aroma dulce y fresco que dice "primavera", su color blanco marfil, la suavidad de sus pétalos. Amo el árbol de la magnolia todo, sus ramas fuertes y torcidas y sus hojas carnosas, bien verdes y de superficie aterciopelada. Los amo porque me remontan a momentos felices de mi infancia, porque traen a mi memoria imágenes de verano, de risas, de ocio, de aventuras.

La mayoría de los veranos de mi infancia los pasé en una casa ubicada en Valle de Anisacate, un pequeñísimo poblado de las sierras de Córdoba, en Argentina. Allí pasé, en realidad, no sólo los veranos, sino tambien muchas vacaciones de invierno, la mayoría de los fines de semana de mi primaria y alguna que otra temporada más adelante. 

Esa casa estaba rodeada de un jardín grande dividido en dos: una parte dedicado al jardín propiamente dicho, con pileta de natación incluida, y la otra, dedicada a una gran huerta de árboles frutales que incluían manzanos, ciruelos, durazneros y nogales. En la parte del jardín, a los costados de la puerta de entrada y, relativamente cerca de la casa misma, había dos árboles de magnolia altos, grandes, de al menos treinta años. 

Recuerdo esos árboles altos y erguidos, pero a la vez amigables, porque sus ramas eran lo suficientemente bajas como para que nosotros (mi hermano, mis primos y yo), con nuestra corta edad y nuestras cortas piernas, pudieramos treparnos a ellas y alojarnos un rato allí, escondidos.  Con pequeños palitos escribíamos cartas en la parte aterciopelada de sus hojas y veíamos caer cada tanto sus flores, pesadas, haciendo "¡plop!"contra el pasto, como gotas blancas y grandes, como si de pronto llovieran pétalos de magnolia. Recuerdo los filamentos amarillos llenos de rocío, esparcidos por el pasto, el rumor de las hojas al quebrarse bajo nuestros pies, la alfombra de pétalos blancos, el aroma exquisito de las flores llenando el aire, entrando por las ventanas con la brisa de la mañana y en las noches quietas. 

Qué placer más grande ver noviembre llegar y saber que la casa se llenaría pronto del perfume de las magnolias. Qué hermoso era sentarme a la tardecita bajo la acacia cercana a leer un libro, y mirar las magnolias en flor mientras el libro y yo nos llenábamos rápidamente de pequeños pétalos de flor de acacia.

Quizás por eso pensar en Cordoba es para mí pensar en las magnolias. Quizas por todo eso la flor de la magnolia me dice "hogar" además de "primavera".
 










*La imagen del comienzo pertenece al usuario de Flickr zircon3035 bajo licencia attribution