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30 nov 2010

Raices, arraigos y desarraigos: mi historia




Il faut voyager loin en aimant sa maison*.


Cuando yo era chica, según cuenta mi mamá, yo amaba Córdoba y decía,  a quien quisiera escuchar, que no había ciudad más linda que aquella en la que yo había nacido. Era, claro está, un versito bien aprendido porque no había viajado mucho y, las veces que lo había hecho era tan pequeña que no había tardado en olvidar cómo lucían las ciudades en las que había estado. Pero como mi papá me decía que Córdoba era HERMOSA, yo lo repetía, y creía de verdad que ciudad más bella no podía existir.

La ilusión duró poco.

Cuando tenía 7 años, viajé con mi familia a Buenos Aires durante unas vacaciones de invierno y fue verla desde el avión y caer rendida a sus pies. Para quienes no conocen la ciudad, les cuento que los vuelos que llegan desde el interior del país, lo hacen a un aeropuerto ubicado muy céntricamente, y sobre la rivera del Río de la Plata, y antes de aterrizar y al despegar, uno sobrevuela las partes más bellas de la ciudad, Avenida 9 de Julio incluida. O al menos así es cuando uno llega desde Córdoba. Buenos Aires, a quien alguien llamó alguna vez la Paris del Sur, se despliega así desde el primer momento en todo su esplendor. Recuerdo vívidamente la fascinación que sentí esos días mientras caminaba por sus calles, corría por las plazas, observaba los edificios, los cafés, la gente que caminaba apurada por las calles del centro.

La fascinación fue tan grande que, al terminar las vacaciones, no quería volver. Peor aún, cuando el avión que nos llevaba de vuelta a Córdoba empezó a sobrevolar la ciudad ésta me pareció...insulsa. Y, con verguenza y, sobre todo culpa, le confesé a mi mamá que Buenos Aires era mucho más linda. 

Ese fue mi primer acto de "traición emocional a la Patria" o el origen de mi Fernweh. Y fue el origen, porque el descubrimiento de que existía un lugar no sólo más bello (para mí) que aquél que conocía, sino donde me había sentido tan bien como para querer quedarme, abrió la compuerta a otra serie de pensamientos por el estilo: ¿y si no sólo me gustaba alguna ciudad más que Córdoba sino más que Buenos Aires? ¿Y si me gustaba más otro país? ¿otro continente? ¡Las posibilidades eran ilimitadas!


Pensandolo bien, el Fernweh en mí bien podría ser genético porque vengo de una familia en la que no han habido desde hace 100 años dos generaciones seguidas que permanezcan en el mismo lugar donde nacieron. Mi bisabuelos paternos (por línea paterna) nacieron en España, de donde salieron huyendo (según cuentan algunas versiones de la historia familiar) con mi bisabuela embarazada de mi abuelo, quien nació en el barco (supongo que en aguas argentinas porque tenia la nacionalidad argentina). En esta misma rama de la familia hay un famoso tío de nombre Pedro que aparentemente fue tremendo trovador y que pasó su vida recorriendo provincias con su guitarra y dejando hijos en cada una de ellas, a los que luego volvía a darles su apellido (así que si alguno de los que lee este blog tiene algún tío abuelo así en el anecdotario familiar ¡podemos ser primos! ;). Mi bisabuelo materno llegó desde Italia en 1922, porque habiendo peleado en la primera guerra mundial, temía una segunda. Su mujer y su hija (mi abuela) lo siguieron en 1929, con mi abuela de 7 años, y se instalaron en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Mi papá nació en la provincia de Chaco, mi mamá en la provincia de Buenos Aires, pero  se conocieron, se enamoraron,  se casaron y formaron una familia en Córdoba. Que yo saliera a trotar mundos era, visto asi, seguir el orden lógico de las cosas, continuar esa especie de sino familiar que nos transforma en buscadores del hogar. Sólo que un poco más extremo, considerando los lugares donde he estado ;)

Aceptar este sino, sin embargo, no fue facil. Desde ese viaje a Buenos Aires y, aún más a medida que fui creciendo, tuve la sensación que era más facil ser feliz en otros lugares. Que ME era más facil ser feliz en otros lugares, para ser exacta, porque al fin y al cabo, aquello que nos hace felices es relativo, al igual que aquello que nos gusta o no. No hay lugares buenos o malos en abstracto, en mi opinión, sino lugares a los que pertenecemos y que se nos revelan instantaneamente, y otros en los que insertarnos representa un esfuerzo. A mi, pertenecer a Córdoba y hasta a Argentina, me implicó, ya desde chica, un esfuerzo de adaptación que no sentí en otros lugares, por extraño que parezca. 

Esta realidad, tan intrínseca en mí, esta sensación tan arraigada, tan fuerte que tuve desde muy pequeña no fue fácil de aceptar para mucha gente. Y esto es porque, en mi experiencia, a la gente Heimweh le cuesta mucho entender (y aceptar) a los Fernweh. No sentirse arraigado al lugar de origen es visto como una traición, como una ofensa. Frases como "¿cómo puede gustarte algún lugar más que Córdoba?" "En ningun pais vas a vivir mejor que en Argentina" "Lo que pasa es que vos sos fría, por eso te da igual estar lejos de tu familia" "Vos te queres ir porque sos materialista y buscas confort económico antes que afectos" hasta lugares comunes de corte pseudo psicológico como "Los que se quieren ir buscan huir de algo pero uno siempre se lleva a sí mismo en la valija" son cuestionamientos con los que tuve que lidiar toda mi vida. Y muchas veces me pregunté a mí misma si no había algo de verdad en ellos, y hasta intenté sentir ese arraigo y la conclusión siempre fue la misma: el arraigo en mi propia tierra implicaba un esfuerzo, y uno aún más grande después de salir de ella. Por más corto que fuera el tiempo que hubiera estado afuera, siempre sentí shock cultural inverso al volver, como Oliveira en Rayuela, cuando al volver a Buenos Aires:

"Se dio cuenta que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido"***

Pero a pesar de ésto, cuando me fui definitivamente, no buscaba irme. Creo que durante años, de alguna manera, me había preparado para irme (estudiando varios idiomas, por ejemplo) y que los esfuerzos de adaptación a mi propio lugar de origen facilitaron mi nomadismo: sentirme extraña, al fin y al cabo, era lo normal para mí, y sabía de memoria cómo hacer para incorporarme, de a poco, a un lugar y a una cultura que percibía como diferentes (a veces en sutilezas) a la mía propia. Pero, en concreto, partir cuando lo hice fue más el resultado de un conjunto de circunstancias externas que de una búsqueda activa de partir a donde finalmente recalé inicialmente.

El destino original de esa partida, el primer lugar que me acogió por aproximadamente cinco meses fue Fuerteventura, Islas Canarias, España. Partí con un pasaje de avión, unos pocos euros y la invitación de una gran amiga que me acogió con su familia y me guió esos primeros meses. Cuando miro hacia atrás, recuerdo ese tiempo como un momento de contemplación: no tenía la más remota idea de qué iba a depararme el destino y, visto que muchas cosas habían salido mal en un pasado reciente, no me animaba aún a hacer planes a mediano ni largo plazo. Pero España me curó las heridas bastante rápido, con su gente cálida, simpática, abierta  y trabajadora y me renovó la confianza en muchas cosas, pero sobre todo en mi y en  mi destino. Y así, con una confianza rayana en la inconciencia, envié en la víspera de mi cumpleaños una postulación a un puesto que deseaba mucho pero que, dentro de mí, creía imposible obtener. Tres días después me llamaban por teléfono y tenía la primera entrevista para ese puesto, dos meses y medio después dejaba España rumbo a Costa de Marfil.

En Costa de Marfil, todo habria de cambiar definitivamente, porque al día siguiente de llegar conocí a quien hoy es mi marido. Una semana después comenzamos a salir. Un mes después él me pidió casamiento. Cuatro meses después, nos casamos en Florencia, Italia. Durante todo ese tiempo, yo vivía en el interior del pais y él en la capital y viajabamos para vernos cuando podíamos, en el medio de un país convulsionado por una crisis y una guerra recientes y unas elecciones esperadas pero que no habrían de ocurrir. Dejamos Costa de Marfil para casarnos dos días antes que se desatara otra crisis y volvimos a un país más tenso aún que aquel que habíamos dejado.

Yo cambié de trabajo, armamos nuestra casa con la particularidad de la vida en zonas de conflicto, que dicta que uno se establece a medias, manteniendo siempre más o menos preparada una valija de 20 kgs para caso de evacuación, de forma minimalista, porque uno tiene reticencia a llenarse de objetos que luego serán de dificil traslado, sin saber demasiado cuánto tiempo más uno habrá de permanecer en ese lugar, ajustándose a restricciones de movimiento, acostumbrándose a salir del pais cada tres meses...un poco aquí y un poco allá los años fueron pasando y justo cuando las rutinas empezaban a hacerse propias y  Abidjan empezaba a sentirse hogar, llegó la hora de partir.


Durante un tiempo habíamos estado buscando trabajo en un país más apto para formar una familia, no sólo sin tantos problemas securitarios sino sin enfermedades tropicales como la malaria (que yo había padecido ya dos veces, y mi marido una). Y en Junio de 2007 ese trabajo llegó para mi marido, en Chipre. Yo permanecí en Abidjan seis meses más y me le uní en diciembre. Nos encontramos en Belgrado y, juntos, llegamos  Chipre en la nochebuena del año 2007, y aquí estamos desde entonces, aquí nacieron nuestros hijos, y aquí permaneceremos hasta que el destino vuelva a llamarnos para partir al encuentro de nuestro próximo destino.

Si partir es morir un poco, a estas alturas debo tener mucho de Fénix. Con cada partida muere en mí algo de aquella persona que fui en el destino anterior, quizás porque esas muertes sean necesarias para la adaptación al próximo lugar, quizás porque no eran parte constituyente de mí misma. Así, vivir afuera, entre otras cosas, ha definido extrañamente los ribetes particulares de mi Argentinidad: la mirada del otro, el contacto con esa otredad tan obvia de la cultura ajena, no sólo me han hecho dejar de lado caracteristicas identificadas con el ser argentino  sino que me han aferrado a otras que no eran tan obvias para mí cuando vivía allí. Las cosas que extraño pueden no ser las cosas más comunes y pueden no ser suficientes para hacerme querer volver a vivir en Argentina, pero han servido para definirme. 


Y es por esto mismo, por esas cosas que mueren y nacen en mí con los kilómetros, los países, las culturas, las experiencias, que mi argentinidad ha perdido la obviedad. Para gran sorpresa mía, este año, sentí que me negaban tres veces: Argentinos no me reconocieron como Argentina. Hasta este año, siempre que me encontraba con algún connacional, éste me identificaba como tal antes de que abriera la boca. Hasta este año, en que empezaron a escuchar con sorpresa mi acento cordobés.  Yo no sé qué cambió, qué parte sutil se vió modificada sin que yo me diera cuenta, pero supongo que esa es una de las consecuencias del trotar mundos durante un cierto tiempo. Parte del ser que fui en Argentina debe haber muerto en la adaptación a otros lugares, y con cada año que pasa siento que sería más dificil volver a vivir allí. Aun cuando comprendo la forma de pensar, ya no la intuyo como antes y  al leer los diarios comienzo a sentir sorpresa, porque he dejado de comprender por qué las cosas son cómo son y no de otra manera o mejor dicho, por qué las cosas no pueden ser de otra manera. Mi lógica es hoy distinta en más de un sentido y, si bien nunca tuve una forma de pensar muy típica, esas características que me hacían sentir ajena, hoy se han acentuado. 


Extraño a mi pequeña familia (mi mamá y mi hermano) y extraño a mis amigas a punto de mirar con cara de carnero degollado los grupos de mujeres tomando café en los bares, pero no al punto de querer volver (sino más de traermelos a donde yo estoy, je) porque los siento cerca a través de emails y de llamadas telefónicas. Y por otra parte porque no me engaño pensando que de volver (si así lo quisiera) las cosas serían como eran, porque aunque en mi cabeza mis afectos hayan quedado suspendidos en el tiempo, y sigan teniendo la edad que tenían cuando me fuí hace casi 6 años y sigan pensando y sientiendo como entonces, sé, racionalmente sé, que no es así. Que el tiempo ha pasado para todos y que así como las experiencias que cuento en este blog y otras tantas más me han cambiado a mí en más de un sentido, así tambien cada una de esas personas, en este tiempo ha peleado sus propias luchas, reido con alegrías y llorado con lágrimas y tristezas que no hemos compartido. 


Mis hijos, hoy pequeños, son productos de esta familia multicultural y nómade en la que nacieron, con padres de paises distintos, obligados a aprender tres idiomas desde la cuna (y un par más a la brevedad, para poder adaptarse a este tipo de vida), con familias y tíos postizos que los ven crecer por fotos,  que los escuchan hablar en videos, que les mandan su cariño por mail y por correo. Muchas veces me pregunto si ellos irán a necesitar permanecer en un lugar determinado, si extrañarán la idea de un tipo de hogar que nunca han tenido, o si estarán felices con esta realidad de hogares temporarios y, como sus padres, sentirán exitación al mirar un globo terráqueo y pensar : "Y ahora: ¿a dónde? ¿cual será el próximo destino? ¿cuál es próximo idioma que deberemos aprender? ¿qué nuevas costumbres deberemos incorporar? " Es dificil saberlo.

La noción de hogar, creo hoy, tiene connotaciones diferentes para cada persona,  aquello que constituye las raices es distinto para cada uno y , así como hay personas que no conciben las posibilidad de moverse del lugar en que nacieron, hay otras que se sienten como plantitas a quienes el viento arrancó de cuajo al nacer y  casi por error estan en tierras extrañas, con raices a medias, sintiendo que en realidad tendrían que haber nacido en otra parte. Hay quienes sienten que hasta viajar como turistas es una pérdida de tiempo y pueden estar en la cima de la Torre Eiffel pensando qué hacen allí y que extrañan su casa****, hay quienes aman viajar pero aman igualmente retornar a un hogar definido y para quienes la vuelta a casa es tan placentera como la exitación de la partida, y hay quienes como yo, sienten que el hogar no es un lugar fijo sino un lugar por descubrir, si acaso, y que está bien así; que el hogar puede ser un conjunto de lugares temporarios donde poner los libros y dejar reposar las valijas, quietas, por un rato. Y que el resto se lleva en los recuerdos y el corazón.




Aquí les dejo algunas imágenes de Chipre, y les deseo que esta sea para ustedes una hermosa semana!


La roca donde nació Afrodita: Petro tou Romeo





Ledra Street, en el centro de Nicosia (lado Griego):


Bahía de Kyrenia ( en el norte de la isla, del lado Turco)


Kakopetria (en las montañas Troodos, al centro de la Isla):




* Apollinaire, Les Mamelles de Tirésias (citado en Rayuela, "Del lado de acá")
**La imagen del comienzo es una foto de la Iglesia Catedral de Córdoba, Argentina, vista desde la plaza que se encuentra en frente, llamada Plaza San Martin. San Martin fue el libertador de Argentina. La foto fue tomada en abril de 2006. 
***Rayuela, capítulo 40
**** Historia real. Conocí a alguien a quien le pasó exactamente eso.





9 nov 2010

Raices,arraigos y desarraigos: Sofia





¡Hola a todos! ¿Cómo están hoy? ¿Cómo los trata esta semana? Espero que muy bien.
Tal como les prometí, hoy les traigo la historia de Sofía, una mujer que creció mitad en Francia, mitad en Argentina y que, por circunstancias que ella les contará, hoy vive en Brasil, donde nacieron sus hijas. Los dejo sin más prolegómenos con su relato, que es testimonio de adaptación y resiliencia.





Tenés razón con lo que me decís que lo mío es doble la experiencia de vivir en el extranjero, cuando contamos Francia ademas de Brasil, pero yo hasta diría triple porque Argentina, a pesar de ser mi país de origen, sólo fui a vivir y aprender el idioma cuando tenía 10 años, por lo tanto para mi fue toda una adaptación, de hecho, la mas dificil de las tres. ¿Porqué? Muy bien no lo sé, supongo que por la edad, que es cuando se está formando la personalidad, y por las condiciones, que coincidió con problemas de salud de mi familia, dificultades con los compañeros de la escuela con quienes no me pude adaptar muy bien. 

En Francia, de donde venía, estaba bien adaptada tenía muchos amigos. En Argentina noté mucha envidia de los compañeros, burlas, competencia, enfin, realmente cosas que nunca había experimentado y para mi fue como un golpe bajo. Por suerte no demoró mucho y pude hacerme amigas rapidamente, gente que hasta hoy lo siguen siendo (como vos :) )

Fuera de eso la diferencia cultural era abismal. Me costó muchisimo adaptarme al comportamiento en clase por ejemplo, sin exagerar me parecían salvajes. La forma como todos hablaban a la vez, gritaban, se levantaban sin pedir permiso... recuerdo que me tapaba los oídos para no escuchar y tener un poco de silencio del que estaba acostumbrada. Pero eso fue al comienzo, claro que a esas cosas uno se acostumbra rapido! jajaja

Y hoy en día tengo mucho orgullo de decir que me considero argentina, viví allí una fase muy importante de mi vida, la adolescencia, mi familia es toda argentina, mis raíces están alla, conocí mi marido alla, mis mejores amigos, me eduqué alla... enfin, soy argentina y punto final. En Francia donde vivi mis primeros 10 años, casi no tengo nada para decir porque al crecer allá, y mas siendo niña, todo me parecía normal y no tengo mucha opinión al respecto.

Cuando tenía 23 años vinimos a Brasil, con mi novio en la época, supuestamente por tres años. Las razones fueron por trabajo de él, y yo como acababa de terminar la facultad de psicología, y no nos queríamos separar, me pareció una muy buena oportunidad para comenzar una vida en pareja con él, y de paso terminaría mi tesis tranquila ya que estando sola casi todo el día tendría tiempo suficiente. 

Hace casi 12 años que estamos aca.... ¿porqué? Nos fue bien, sobretodo laboralmente. Ademas nuestra primera hija nació antes de vencerse la visa y asi pudimos conseguir una visa permanente en este país. Compramos nuestra casa, y aca estamos. Profesionalmente me fue muy dificil adaptarme, revalidé mi diploma pero no me lo reconocieron totalmente, este es un punto importantísimo que necesita urgentemente un cambio, globalizarse mas.

En cuanto a adaptación no me fue tan dificil como en Argentina, ya siendo adultos es diferente. Ademas culturalmente somos todos latinos. El idioma lo agarré mas o menos rapido, y no sentí ningun shock cultural, salvo pequeñas cosas, rutinas de los brasileros que nosotros no tenemos y viceversa. Uno como adulto tiene el ojo más crítico, y sabés qué te conviene adoptar y qué es lo que vas a seguir haciendo del mismo modo, y con eso aprendés a valorar el bagaje cultural que uno trae, y que ya no vas a deshacerte tan fácil.

De a poco nos vamos haciendo "brasileros" nosotros también desde que entramos en esa rutina, y se nos pegan las costumbres, los gestos, las expresiones, y la forma de hablar y de pensar. Aca es una ciudad (no digo país porque no lo conozco todo) muy ordenada, y la gente muy respetuosa. Y me doy mas cuenta de eso cuando vuelvo a Argentina y casi todos me parecen mal educados. Estar aca es mas relajante, menos estresante por decirlo de alguna manera. Las cosas funcionan, te podes programar, en todo sentido. Y todo eso, al cabo de varios años, va formando tu personalidad y tu forma de pensar. El otro día estabamos con mi marido charlando con una amiga argentina que también vive acá hace mucho tiempo, y compartíamos todas estas ideas de las diferencias de los brasileros con los argentinos, de cómo se nota, cuando uno está lejos, el problema social en Argentina, de lo irrespetuosa que es la gente, testaruda, infeliz, egoísta, antipática, mente cerrada (generalizando, claro). Y concluimos que si nosotros nos hubieramos quedado allá, seguramente seríamos un poco asi también. A lo que quiero llegar es que el lugar te cambia, te "hace" la cabeza, y pasas a pensar diferente. Eso es algo que valoro muchísimo de vivir en el exterior. Solo la experiencia te puede dar eso. Te abre la mente.

Claro que mi familia vive toda en Argentina y los extraño muchísimo, no hay un día que no piense en que quiero volver a vivir alla. Por mas ventajas que encuentre viviendo en este país, tanto económicas, como culturales, sociales etc, no hay como las raíces, uno extraña también el desorden (sobretodo cuando está lejos), las costumbres argentinas de juntarse por ejemplo los fines de semana en familia a comer un asado, ir de paseo al campo, salir a caminar por las calles de la ciudad...(aca eso no se hace), o que algún amigo o familiar te venga a visitar, o venga sin avisar (acá sabemos con 5 meses de anticipación que finalmente uno va a venir a visitarnos!). Enfin, cambia todo el día a día, y es eso lo que mas extraño. Me siento muy aislada acá. Una de las grandes desventajas de vivir lejos de la familia, es cuando los chicos crecen, y empiezan a sufrir la falta de los parientes. Ellos también los necesitan, quizás mas que uno. Cada vez que vamos a Argentina y nos tenemos que despedir, es un mar de lágrimas de las chicas. Antes, cuando ellas eran mas chiquitas, me ponía triste al despedirme yo de mi familia, ahora me pongo triste por verlas tristes a ellas... es mas fuerte.

Con respecto a la criar las chicas acá, es un desafío. Primero porque uno no tiene la ayuda obvia de familia, nunca. Todo recae en uno, las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Mi marido trabaja todo el día asique a mis hijas las he criado casi yo sola. Y eso no sólo es mucho trabajo, pero mucha responsabilidad, por ende mucho estrés, son super-dependientes de mi y yo de ellas, les cuesta un poco quedarse con la familia cuando viajamos alla (sobretodo al principio), les cuesta adaptarse en la escuela. 

Personalmente veo el idioma como una gran interposición entre "nuestro mundo" y el de los brasileros. Yo hablo español con ellas todo el tiempo, no me sale hablarles en portugués, y claro, eso levanta miradas, a veces cuchicheo en la gente que le llama la atención la presencia un extrangero, y mas si son niños. O sea, la misma reacción que tendría uno si se encuentra por ejemplo en la puerta de la escuela con alguien que habla alemán con sus hijos, o cualquier idioma, uno mira. Y esa sensación de ser el "eterno extrangero" es algo que no me puedo sacar, por mas años que esté viviendo aca.Y este es un sentimiento con el que tuve que vivir toda mi vida, el de no pertenecer totalmente al país donde estoy viviendo. 

Ademas cuando hablo portugués, se me nota el acento de argentina y muchas veces me preguntan de donde soy... La verdad que ni yo sé! Al principio contestaba que era argentina, después empecé a decir que soy de acá (medio con bronca ya!) porque hace 11 años que vivo aca, mis hijas son brasileras, mi casa está aca, mi futuro está aca. Respondo entonces que soy de acá porque vivo acá hace 11 años, pero que soy argentina, porque en definitiva el que pregunta eso es porque nota un acento extrangero y quiere saber de dónde es.

Asi que yo creo que la identidad argentina está bien mantenida en nuestro caso, también porque dos veces al año viajamos a Argentina y nos quedamos hasta un mes. El tema en nuestro caso es mas adoptar una identidad brasilera, que la tenemos poco incorporada, y que en cierta forma a veces puede empezar a interferir en las nenas que tendrán que enfrentar situaciones donde se ven diferentes, porque a veces está esa mirada de "vos sos diferente", y eso es algo con lo que tienen que crecer. Claro que no es nada traumático, nacieron acá y están acostumbradas.

Por suerte los brasileros son muy simpáticos y les encanta el español, les llama mucho la atención, y los ven como una gran cosa que sepan de tan chiquitas dos idiomas, y eso es realmente una gran ventaja. Lo que me parece importante es adaptarse cuando es necesario. Por ejemplo les hablo en portugués cuando estamos en reunión con otra gente. Me parece falta de respeto y ademas porque llama mucho la atención, hablarles en español adelante de otra gente que está reunida con nosotras. Hay que saber los límites. Es importante porque es una forma de mostrarles a ellas que uno también puede ser "ellos". La nena mas grande mía se la pasa todo el día en la escuela, hablando portugués, y de pronto llega a casa y está esta familia toda diferente que no habla nada de portugués..., no quiero que se sienta bicho de otro pozo, me entendes? Aunque un poco lo seamos!

Enfin, este sería mi consejo para las mamás y papás que crian hijos en el extranjero, me parece importantísimo no perder la identidad propia, pero también dejarlos experimentar la otra identidad, que es la de ellos también, es una forma de aceptarlos a ellos mismos, porque, al menos en nuestro caso, las dos son brasileras, eso es innegable. Y eso los va a ayudar y les va a abrir muchas puertas porque serán mas confiantes.

Claro que todavía tengo mucho que aprender, como extranjera, como mamá, como ser humano, pero espero haber podido responder a tus expectativas con esta "pesquisa". (Te confieso que tuve que parar y buscar en el diccionario un montón de veces porque me salen en portugués las palabras! Otro de los problemas de vivir en el extranjero! jajaja)






¡Muchas gracias Sofi por compartir tu historia y por adjuntar tan hermosas fotos! 
¿No son divinas las nenas? Y qué hermosa ciudad es Curitiba ¿verdad?




¡Que pasen unos días hermosos y hasta el próximo post!



7 nov 2010

No soy de aquí ni soy de allá: una serie de posts sobre raices, arraigos y desarraigos

Rien ne vous tue un homme comme d'être obligé de répresenter un pays*
Jacques Vaché 


Hace más de 10 años atrás, leí en el diario La Nación de Argentina un reportaje al escritor español José Ovejero, quien había ganado el premio Grandes Viajeros 1998 por su libro China para hipoconcríacos. En dicho reportaje citaban un extracto del prólogo de dicho libro, en el cual Ovejero hablaba de dos palabras del idioma alemán muy dificiles de traducir a otros idiomas si no es explicándolas: Fernweh y Heimweh. Ambas, explica Ovejero, terminan con weh, que significa dolor, pero difieren en el prefijo: Fern significa lejanía, mientras que Heim quiere decir hogar.  Y continúa diciendo:


"Heimweh, la añoranza del hogar, es esa sensación que asalta a los niños que se encuentran durmiendo en casa ajena, en la de los abuelos por ejemplo, y que no conoce consuelo ni entiende de argumentos. Cuando al niño le sobreviene esa añoranza, lo único que puede paliarlo es la presencia de los padres y, a ser posible, el regreso al hogar, a los olores, ruidos, colores familiares. Pero tampoco los adultos son inmunes al Heimweh; por eso tantas personas, hayan sido o no felices en su infancia, insisten en regresar a los lugares y a la compañía de las personas que frecuentaron en la niñez. Regreso a menudo frustrante , porque ya no hay padres que puedan a uno protegerle, o simular protegerle, del mundo, devolverle a la seguridad de lo conocido-lo conocido convertido ahora en un fantasma que asusta más que consuela-, y el calor del hogar se ha disipado, o peor, no existió nunca. Pero los seres humanos se niegan a asumir la destrucción o la inexistencia del hogar, e incluso, si pueden, lo llevan consigo, encerrado en fotografías u objetos (...)


Fernweh: aquí las cosas se complican aún más. La nostalgia o añoranza de la distancia, un desgarro que sentimos por no encontrarnos en lugares lejanos, entre otras gentes, en paisajes cuya apariencia desconocemos, escuchar ruidos cuya procedencia ignoramos, ver animales de los que no sabemos el nombre, soñarnos, si no protagonistas, al menos partícipes de historias de las que aún no habíamos oído hablar. Y de pronto nos entra el ansia de la búsqueda, la pasión por partir, quizás creyendo también que en otros lugares, en otro entorno, seremos más felices, más hermosos, más libres (...)


(...)Hay quien dice que el Fernweh no es distinto del Heimweh, pero que el primero aquejaría a quienes nunca se sintieron a gusto en casa, son conscientes de ello y no intentan ocultárselo retocando los recuerdos como si fuesen fotografías de estudio; pero están convencidos que el hogar existe, sólo que aún no lo han encontrado, y no se halla en el pasado, sino en el futuro, en sitios que se desconocen. (...) "


De más está decir, a estas alturas, que yo pertenezco al segundo grupo de gente y la palabra Fernweh me representa de cuerpo entero, desde que tengo uso de razón. Esta sensación de no pertenencia al lugar que, se supone, debería sentirme arraigada y la correlativa incomprensión que provoca en quien nunca la ha sentido (siendo el Heimweh infinitamente más común que el Fernweh), han hecho que me interesen desde siempre las ideas de  hogar,  de pertenencia a un lugar determinado. 


¿Qué es el hogar? ¿qué son las raices? ¿qué nos lleva a arraigarnos en un lugar y no en otro? ¿qué factores hacen que sintamos que pertenecemos a un lugar? ¿es hogar el lugar donde nacimos, el lugar donde estan nuestros afectos o puede haber algo más , diferente, que nos haga sentir en casa y, si es asi, qué es ese algo más? En definitiva: ¿Nacemos en nuestro hogar o el hogar es tambien un lugar que podemos encontrar? 


En un mundo en que las fronteras parecen diluirse cada vez más, donde viajar es cada vez más fácil y dónde los matrimonios interculturales son cada vez más frecuentes ¿la idea de pertenencia a una cultura, a un lugar se ve modificada? Cuando alguien que siente Heimweh se ve obligado por diversas circunstancias a emigrar ¿puede arraigarse en la nueva tierra o está condenado a morir sintiendo nostalgia de su lugar de origen, como en un tango? ¿Cómo viven el arraigo y el desarraigo quienes no quisieron partir y cómo aquellos que sí? Aquellos que sentimos Fernweh ¿cuando sabemos que encontramos el hogar? Sentir Fernweh ¿es no extrañar nada ni a nadie del lugar de origen?


Para explorar estos temas, le pedí a dos amigas, mujeres maravillosas, inteligentes y sensibles, que me dieran una mano contándoles su propia historia. En los próximos dos posts podrán leer a Sofía (argentina de nacimiento, criada en Paris durante su primera infancia, y actualmente residente en Curitiba Brasil) y a Laura (tambien argentina, de Buenos Aires, y actualmente residente en Zaragoza, España), y luego les contaré mi historia personal (bueno, algo de ella ;). Las tres historias son diferentes, porque distintos son los motivos y las circunstancias de la partida del país de origen, pero tienen coincidencias. 


Estos posts, claro está, de ninguna manera pretenden agotar el tema, sino sólo brindar una idea de las emociones que uno enfrenta en estos casos, y que quizás puedan servirle a quienes están planteandose la posibilidad de emigrar. Por lo mismo, me encantaría que esta serie de posts quede abierta y que, si se animan, si viven lejos de donde nacieron, o piensan en partir, si nunca se encontraron en su pais de origen o sienten que jamás podrían dejarlo, me escriban y me cuenten su experiencia a diariodeunatrotamundos@yahoo.com, así la adjuntamos aquí en el blog. 

Termino este post con la canción que le dió el título: Alberto Cortez y Facundo Cabral cantando No soy de aquí ni soy de allá. Espero que les guste.





¡Qué tengan una hermosa semana y hasta el próximo post!

*Nada mata a un hombre como estar obligado a representar un pais. Extraido del epígrafe del capítulo 1 de la novela Rayuela, de Julio Cortazar.