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7 feb 2011

Imágenes de Paris





En el fondo-dijo Gregorovious-Paris es una enorme metáfora.* 


Llegué a Paris, por primera vez, hace 10 años, 1 mes y 18 días, gracias a una vuelta extraña del destino, en un viaje inesperado, soñado durante años y bienvenido como esas sorpresas maravillosas que uno no pregunta mucho ni cómo ni por qué ocurren (no vaya a ser que el destino cambie de opinión). Tenía entonces 24 años y llevaba ya 15 soñando con caminar esas calles,  sentarme en sus cafés, pasear por sus mercados, admirar el arte en sus museos, con sentirme allí. Habían pasado 15 años desde el día en que había comenzado a estudiar francés en las mañanas de un verano cordobés, a causa de un inminente cambio de colegio, desde el momento en que comencé a enamorarme perdidamente de esa lengua y esa cultura**.

Llegué desde Amsterdam en el tren de alta velocidad Thalys, cuando menguaba la tarde y la luz del sol frío del invierno se hacía suave y tenue. Recuerdo haberme acodado en la ventana del tren, ansiosa por absorber cada imagen pequeñita, cada rincón, cada baldosa, cada detalle de los edificios, pero no era mucho lo que llegaba a verse dada la velocidad del tren. Me había llevado 36 horas llegar a Amsterdam desde Québec a causa de las nevadas y neblinas, había perdido 2 vuelos, al llegar a Holanda había estado sin valija por 72 horas y Thalys había tenido un atraso de 35 minutos: el viaje había empezado de patadas pero nada importaba porque, finalmente, estaba en Paris. 

Bajé del tren en la Gare du Nord (una de las estaciones de tren de la ciudad) y, siguiendo las instrucciones de una amiga que allí me esperaba, caminé hasta la estación de metro más cercana. Debo haber tardado veinte minutos en recorrer aproximadamente dos cuadras porque me detenía en cada negocio y me paraba en cada esquina a observar las calles, el ir y venir de la gente, a escuchar la cadencia del francés, disfrutando cada segundo. Finalmente tomé el metro y luego de varias conexiones bajé en la estación Rue de la Pompe, en el XVIe arrondissement (el más caro de Paris), donde vivía una amiga de mi amiga (en una chambre de bonne***, claro, no en un petit hotel). Y allí, de la mano de Delphine (tal el nombre de mi amiga) comenzó mi introducción de lujo a la cultura francesa.


Delphine hizo suya la tarea de enamorarme de Francia -y eso que yo no necesitaba mucho para eso- y empezó por la gastronomía: primera parada, una panadería, para elegir distintos tipos de baguette (baguette au sésame, au seigle, traditionelle). Segunda parada, la quesería, porque no podía aceptar que yo sostuviera que no me gustaba el queso habiendo más de 300 tipos de quesos diferentes en Francia: al menos uno tenía que gustarme, aunque necesitara hacermelos probar a todos, afirmaba (Y lo logró -Que me gustaran varios, no que probara 300 quesos, aclaro). Tercera parada: la bodega, a buscar un buen bordeaux. Cuarta parada, la chocolatería, para buscar alguna trufa para el postre. Y con la panza tan contenta ¿quien no iba a tener el corazón igual? ;)


La semana siguiente fue una sucesión de momentos felices: ver la Torre Eiffel por primera vez, justo cuando estaba llenándose de lucecitas que parecían luciernagas, en medio de la noche helada, caminar casi saltando de felicidad por entre las esculturas de los Campos de Marte, pasear a lo largo del Sena, mirando los barquitos (bateau-mouche y bateau-bus) pasar llenos de gente, recorrer todos los puentes para intentar decidir cuál era el mas lindo (sin lograrlo), tomar el chocolate caliente más caro de mi vida en el Café de Flore,sólo por estar en el mismo lugar que frecuentaban Sartre, Camus y  de Beauvoir, pasear por Champs Elysées sin poder saber qué tiendas habia de la cantidad de turistas y sentarme en la vereda a ver las lucecitas y los carteles rojos de bienvenida al 3er milenio, caminar kilómetros y kilómetros por día y que   los pies dolieran felices, subir los interminables escalones que llevan al Sagrado Corazón, sentirme Amélie y que no exista el cansancio, mirar las gárgolas de Notre Dame e imaginar a Cuasimodo,  ver la ciudad teñida de azul por la garúa finita que caía intermitente y que no importara el frío, ni estar mojada hasta los tuétanos, ni el resfrío incipiente, ni nada.


Desde esa primera vez, siempre soy así de feliz en Paris:  Ridículamente feliz. Y no sé si es a causa de mi francofilia o si es mi francofilia la que se ha potenciado a raíz de los buenos momentos, o si es un poco de ambos. Sólo sé que en Paris soy feliz y, la verdad, eso es más que suficiente.





















*Rayuela, capítulo 26
** Cómo habrá sido el tamaño de mi amor que, al poco tiempo de comenzar a estudiar, declaré ante mi mamá (profesora de inglés) que "El francés me gusta mucho más que el inglés"...oh traición de traiciones! ;)
*** Las Chambre de bonne son minusculos departamentos de un ambiente, adaptados como tales de lo que en epocas anteriores eran las habitaciones de servicio (de allí el nombre) de los palacetes y petit hotels de los edificios antiguos, y que comunmente se encuentran en las bohardillas y sólo tienen acceso por escalera. Es muy comun que los alquilen estudiantes o jóvenes ya que permiten alojarse en mejores barrios sin gastar tanto dinero.

8 dic 2010

Raices, arraigos y desarraigos: cuando el destierro es involuntario



En la década del '90 había una publicidad que veía siempre en CNN y que, por más que he buscado y buscado en internet, no he podido encontrar. En la misma había una ciudad de playmobils, representando la vida cotidiana: casitas, autos, gente por las calles,perritos, autos. En un momento la cámara se centraba en uno de ellos y una voz en off decía algo así como : "Imagina si tuvieras una familia, un auto, una casa, amigos, vecinos" Entonces se oía ruido de sirenas y bombas,  los playmobils que rodeaban a aquel en el cual la cámara estaba centrada desaparecian, y la voz en off decia algo asi como : "Y de pronto no tuvieras nada. Así se siente un refugiado"

Nunca olvidé ese spot publicitario. 

Años más tarde, en 2005, cuando estaba en Fuerteventura, tuve la oportunidad de colaborar como voluntaria en una organizacion que trabajaba con refugiados (un tema muy actual en las Canarias a causa de las famosas "pateras"*). A ese organización llegó un día un hombre de Costa de Marfil, que había huido gracias a su empleador (francés) del conflicto que se había desatado en Noviembre de 2004. El día en que el conflicto había explotado, él trabajaba en el puerto y vivía con su mujer y sus hijos (de una etnia diferente), en una casa en un barrio residencial de Abidjan. En la casa de al lado vivian sus padres. Ese día, mientras él trabajaba, sus vecinos lo habían llamado por telefono para que fuera rápido porque estaban  atacando las casas de gente que se percibia como amiga de franceses...y él no había llegado a tiempo. Sus padres habían sido asesinados y de su mujer y sus hijos no había noticias. Algunos decían que su suegra (originaria del norte del pais) habÍa ido a buscarlos para llevarlos con ella y que aún estaban vivos. Nadie podía asegurarlo, ni había tiempo para averiguar si era verdad. Sólo quedaba escapar. 

La historia de su huida es la historia de una odisea con todas las letras. Su empleador francés, quien lo quería mucho, pagó a un hombre que le prometió que lo llevaría a Europa. El trayecto se inició en vehículos pero pronto tuvieron que dejarlos y seguir a pie, cruzando así incluso el desierto de Mauritania, hasta llegar a la costa. Allí, luego de 40 días casi sin comer ni beber, lo llevaron junto a otro grupo de africanos a un barco y, una vez en alta mar, tiraron unas balsas precarias al agua. Y luego los tiraron a ellos al grito de "Europa está allá", señalando las Canarias. Sin remos, quienes sobrevivieron la caida al agua (y no se ahogaron por no saber nadar) quedaron a la merced de las mareas para llegar a destino. Sin agua potable, no todos los que lograron subir a la balsa sobrevivieron el trayecto hasta que la Guardia Civil los encontró.

No voy a hablar de políticas de asilo ni inmigratorias, ni es mi deseo abrir debate acerca de este tema. Pero, ya que hablamos de desarraigo, creo importante tene presente que, así como algunos de nosotros elegimos buscar un hogar en otras tierras (ya sea por amor, por trabajo, por curiosidad, por estudio, o por el motivo que fuere) así tambien hay gente a quien el desarraigo le es impuesto, gente que deja su hogar para salvar su vida, gente que es expulsada de su tierra-literalmente. Gente que lo ha perdido todo y para quien, volver a su pais de origen, equivale a una condena a muerte.

Si aun cuando la partida es voluntaria, la nostalgia en muchos casos está presente ¿alcanzamos acaso a imaginar siquiera cómo se siente aquél que ha debido huir por su vida, con lo puesto, y que llega a un pais cuyo idioma muchas veces no habla, sin conocer a nadie, en un estado de total desolación? Hay en el mundo más de 43 millones de personas desplazadas. Yo me tomo hoy el atrevimiento de pedirles que, hoy, por un  segundo, pensemos en ellas.

Aqui pueden ver historias de refugiados que se encuentran en Chipre, aqui pueden jugar a un juego para ver cómo siente un refugiado y aqui pueden obtener  más información acerca del tema.


Los dejo con una publicidad del ACNUR (que es muy impresionante, quedan advertidos).


¡Que tengan un hermoso día y hasta el próximo post!






*Balsas precarias en las que africanos llegan a Europa, en busca de un destino mejor.

30 nov 2010

Raices, arraigos y desarraigos: mi historia




Il faut voyager loin en aimant sa maison*.


Cuando yo era chica, según cuenta mi mamá, yo amaba Córdoba y decía,  a quien quisiera escuchar, que no había ciudad más linda que aquella en la que yo había nacido. Era, claro está, un versito bien aprendido porque no había viajado mucho y, las veces que lo había hecho era tan pequeña que no había tardado en olvidar cómo lucían las ciudades en las que había estado. Pero como mi papá me decía que Córdoba era HERMOSA, yo lo repetía, y creía de verdad que ciudad más bella no podía existir.

La ilusión duró poco.

Cuando tenía 7 años, viajé con mi familia a Buenos Aires durante unas vacaciones de invierno y fue verla desde el avión y caer rendida a sus pies. Para quienes no conocen la ciudad, les cuento que los vuelos que llegan desde el interior del país, lo hacen a un aeropuerto ubicado muy céntricamente, y sobre la rivera del Río de la Plata, y antes de aterrizar y al despegar, uno sobrevuela las partes más bellas de la ciudad, Avenida 9 de Julio incluida. O al menos así es cuando uno llega desde Córdoba. Buenos Aires, a quien alguien llamó alguna vez la Paris del Sur, se despliega así desde el primer momento en todo su esplendor. Recuerdo vívidamente la fascinación que sentí esos días mientras caminaba por sus calles, corría por las plazas, observaba los edificios, los cafés, la gente que caminaba apurada por las calles del centro.

La fascinación fue tan grande que, al terminar las vacaciones, no quería volver. Peor aún, cuando el avión que nos llevaba de vuelta a Córdoba empezó a sobrevolar la ciudad ésta me pareció...insulsa. Y, con verguenza y, sobre todo culpa, le confesé a mi mamá que Buenos Aires era mucho más linda. 

Ese fue mi primer acto de "traición emocional a la Patria" o el origen de mi Fernweh. Y fue el origen, porque el descubrimiento de que existía un lugar no sólo más bello (para mí) que aquél que conocía, sino donde me había sentido tan bien como para querer quedarme, abrió la compuerta a otra serie de pensamientos por el estilo: ¿y si no sólo me gustaba alguna ciudad más que Córdoba sino más que Buenos Aires? ¿Y si me gustaba más otro país? ¿otro continente? ¡Las posibilidades eran ilimitadas!


Pensandolo bien, el Fernweh en mí bien podría ser genético porque vengo de una familia en la que no han habido desde hace 100 años dos generaciones seguidas que permanezcan en el mismo lugar donde nacieron. Mi bisabuelos paternos (por línea paterna) nacieron en España, de donde salieron huyendo (según cuentan algunas versiones de la historia familiar) con mi bisabuela embarazada de mi abuelo, quien nació en el barco (supongo que en aguas argentinas porque tenia la nacionalidad argentina). En esta misma rama de la familia hay un famoso tío de nombre Pedro que aparentemente fue tremendo trovador y que pasó su vida recorriendo provincias con su guitarra y dejando hijos en cada una de ellas, a los que luego volvía a darles su apellido (así que si alguno de los que lee este blog tiene algún tío abuelo así en el anecdotario familiar ¡podemos ser primos! ;). Mi bisabuelo materno llegó desde Italia en 1922, porque habiendo peleado en la primera guerra mundial, temía una segunda. Su mujer y su hija (mi abuela) lo siguieron en 1929, con mi abuela de 7 años, y se instalaron en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Mi papá nació en la provincia de Chaco, mi mamá en la provincia de Buenos Aires, pero  se conocieron, se enamoraron,  se casaron y formaron una familia en Córdoba. Que yo saliera a trotar mundos era, visto asi, seguir el orden lógico de las cosas, continuar esa especie de sino familiar que nos transforma en buscadores del hogar. Sólo que un poco más extremo, considerando los lugares donde he estado ;)

Aceptar este sino, sin embargo, no fue facil. Desde ese viaje a Buenos Aires y, aún más a medida que fui creciendo, tuve la sensación que era más facil ser feliz en otros lugares. Que ME era más facil ser feliz en otros lugares, para ser exacta, porque al fin y al cabo, aquello que nos hace felices es relativo, al igual que aquello que nos gusta o no. No hay lugares buenos o malos en abstracto, en mi opinión, sino lugares a los que pertenecemos y que se nos revelan instantaneamente, y otros en los que insertarnos representa un esfuerzo. A mi, pertenecer a Córdoba y hasta a Argentina, me implicó, ya desde chica, un esfuerzo de adaptación que no sentí en otros lugares, por extraño que parezca. 

Esta realidad, tan intrínseca en mí, esta sensación tan arraigada, tan fuerte que tuve desde muy pequeña no fue fácil de aceptar para mucha gente. Y esto es porque, en mi experiencia, a la gente Heimweh le cuesta mucho entender (y aceptar) a los Fernweh. No sentirse arraigado al lugar de origen es visto como una traición, como una ofensa. Frases como "¿cómo puede gustarte algún lugar más que Córdoba?" "En ningun pais vas a vivir mejor que en Argentina" "Lo que pasa es que vos sos fría, por eso te da igual estar lejos de tu familia" "Vos te queres ir porque sos materialista y buscas confort económico antes que afectos" hasta lugares comunes de corte pseudo psicológico como "Los que se quieren ir buscan huir de algo pero uno siempre se lleva a sí mismo en la valija" son cuestionamientos con los que tuve que lidiar toda mi vida. Y muchas veces me pregunté a mí misma si no había algo de verdad en ellos, y hasta intenté sentir ese arraigo y la conclusión siempre fue la misma: el arraigo en mi propia tierra implicaba un esfuerzo, y uno aún más grande después de salir de ella. Por más corto que fuera el tiempo que hubiera estado afuera, siempre sentí shock cultural inverso al volver, como Oliveira en Rayuela, cuando al volver a Buenos Aires:

"Se dio cuenta que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido"***

Pero a pesar de ésto, cuando me fui definitivamente, no buscaba irme. Creo que durante años, de alguna manera, me había preparado para irme (estudiando varios idiomas, por ejemplo) y que los esfuerzos de adaptación a mi propio lugar de origen facilitaron mi nomadismo: sentirme extraña, al fin y al cabo, era lo normal para mí, y sabía de memoria cómo hacer para incorporarme, de a poco, a un lugar y a una cultura que percibía como diferentes (a veces en sutilezas) a la mía propia. Pero, en concreto, partir cuando lo hice fue más el resultado de un conjunto de circunstancias externas que de una búsqueda activa de partir a donde finalmente recalé inicialmente.

El destino original de esa partida, el primer lugar que me acogió por aproximadamente cinco meses fue Fuerteventura, Islas Canarias, España. Partí con un pasaje de avión, unos pocos euros y la invitación de una gran amiga que me acogió con su familia y me guió esos primeros meses. Cuando miro hacia atrás, recuerdo ese tiempo como un momento de contemplación: no tenía la más remota idea de qué iba a depararme el destino y, visto que muchas cosas habían salido mal en un pasado reciente, no me animaba aún a hacer planes a mediano ni largo plazo. Pero España me curó las heridas bastante rápido, con su gente cálida, simpática, abierta  y trabajadora y me renovó la confianza en muchas cosas, pero sobre todo en mi y en  mi destino. Y así, con una confianza rayana en la inconciencia, envié en la víspera de mi cumpleaños una postulación a un puesto que deseaba mucho pero que, dentro de mí, creía imposible obtener. Tres días después me llamaban por teléfono y tenía la primera entrevista para ese puesto, dos meses y medio después dejaba España rumbo a Costa de Marfil.

En Costa de Marfil, todo habria de cambiar definitivamente, porque al día siguiente de llegar conocí a quien hoy es mi marido. Una semana después comenzamos a salir. Un mes después él me pidió casamiento. Cuatro meses después, nos casamos en Florencia, Italia. Durante todo ese tiempo, yo vivía en el interior del pais y él en la capital y viajabamos para vernos cuando podíamos, en el medio de un país convulsionado por una crisis y una guerra recientes y unas elecciones esperadas pero que no habrían de ocurrir. Dejamos Costa de Marfil para casarnos dos días antes que se desatara otra crisis y volvimos a un país más tenso aún que aquel que habíamos dejado.

Yo cambié de trabajo, armamos nuestra casa con la particularidad de la vida en zonas de conflicto, que dicta que uno se establece a medias, manteniendo siempre más o menos preparada una valija de 20 kgs para caso de evacuación, de forma minimalista, porque uno tiene reticencia a llenarse de objetos que luego serán de dificil traslado, sin saber demasiado cuánto tiempo más uno habrá de permanecer en ese lugar, ajustándose a restricciones de movimiento, acostumbrándose a salir del pais cada tres meses...un poco aquí y un poco allá los años fueron pasando y justo cuando las rutinas empezaban a hacerse propias y  Abidjan empezaba a sentirse hogar, llegó la hora de partir.


Durante un tiempo habíamos estado buscando trabajo en un país más apto para formar una familia, no sólo sin tantos problemas securitarios sino sin enfermedades tropicales como la malaria (que yo había padecido ya dos veces, y mi marido una). Y en Junio de 2007 ese trabajo llegó para mi marido, en Chipre. Yo permanecí en Abidjan seis meses más y me le uní en diciembre. Nos encontramos en Belgrado y, juntos, llegamos  Chipre en la nochebuena del año 2007, y aquí estamos desde entonces, aquí nacieron nuestros hijos, y aquí permaneceremos hasta que el destino vuelva a llamarnos para partir al encuentro de nuestro próximo destino.

Si partir es morir un poco, a estas alturas debo tener mucho de Fénix. Con cada partida muere en mí algo de aquella persona que fui en el destino anterior, quizás porque esas muertes sean necesarias para la adaptación al próximo lugar, quizás porque no eran parte constituyente de mí misma. Así, vivir afuera, entre otras cosas, ha definido extrañamente los ribetes particulares de mi Argentinidad: la mirada del otro, el contacto con esa otredad tan obvia de la cultura ajena, no sólo me han hecho dejar de lado caracteristicas identificadas con el ser argentino  sino que me han aferrado a otras que no eran tan obvias para mí cuando vivía allí. Las cosas que extraño pueden no ser las cosas más comunes y pueden no ser suficientes para hacerme querer volver a vivir en Argentina, pero han servido para definirme. 


Y es por esto mismo, por esas cosas que mueren y nacen en mí con los kilómetros, los países, las culturas, las experiencias, que mi argentinidad ha perdido la obviedad. Para gran sorpresa mía, este año, sentí que me negaban tres veces: Argentinos no me reconocieron como Argentina. Hasta este año, siempre que me encontraba con algún connacional, éste me identificaba como tal antes de que abriera la boca. Hasta este año, en que empezaron a escuchar con sorpresa mi acento cordobés.  Yo no sé qué cambió, qué parte sutil se vió modificada sin que yo me diera cuenta, pero supongo que esa es una de las consecuencias del trotar mundos durante un cierto tiempo. Parte del ser que fui en Argentina debe haber muerto en la adaptación a otros lugares, y con cada año que pasa siento que sería más dificil volver a vivir allí. Aun cuando comprendo la forma de pensar, ya no la intuyo como antes y  al leer los diarios comienzo a sentir sorpresa, porque he dejado de comprender por qué las cosas son cómo son y no de otra manera o mejor dicho, por qué las cosas no pueden ser de otra manera. Mi lógica es hoy distinta en más de un sentido y, si bien nunca tuve una forma de pensar muy típica, esas características que me hacían sentir ajena, hoy se han acentuado. 


Extraño a mi pequeña familia (mi mamá y mi hermano) y extraño a mis amigas a punto de mirar con cara de carnero degollado los grupos de mujeres tomando café en los bares, pero no al punto de querer volver (sino más de traermelos a donde yo estoy, je) porque los siento cerca a través de emails y de llamadas telefónicas. Y por otra parte porque no me engaño pensando que de volver (si así lo quisiera) las cosas serían como eran, porque aunque en mi cabeza mis afectos hayan quedado suspendidos en el tiempo, y sigan teniendo la edad que tenían cuando me fuí hace casi 6 años y sigan pensando y sientiendo como entonces, sé, racionalmente sé, que no es así. Que el tiempo ha pasado para todos y que así como las experiencias que cuento en este blog y otras tantas más me han cambiado a mí en más de un sentido, así tambien cada una de esas personas, en este tiempo ha peleado sus propias luchas, reido con alegrías y llorado con lágrimas y tristezas que no hemos compartido. 


Mis hijos, hoy pequeños, son productos de esta familia multicultural y nómade en la que nacieron, con padres de paises distintos, obligados a aprender tres idiomas desde la cuna (y un par más a la brevedad, para poder adaptarse a este tipo de vida), con familias y tíos postizos que los ven crecer por fotos,  que los escuchan hablar en videos, que les mandan su cariño por mail y por correo. Muchas veces me pregunto si ellos irán a necesitar permanecer en un lugar determinado, si extrañarán la idea de un tipo de hogar que nunca han tenido, o si estarán felices con esta realidad de hogares temporarios y, como sus padres, sentirán exitación al mirar un globo terráqueo y pensar : "Y ahora: ¿a dónde? ¿cual será el próximo destino? ¿cuál es próximo idioma que deberemos aprender? ¿qué nuevas costumbres deberemos incorporar? " Es dificil saberlo.

La noción de hogar, creo hoy, tiene connotaciones diferentes para cada persona,  aquello que constituye las raices es distinto para cada uno y , así como hay personas que no conciben las posibilidad de moverse del lugar en que nacieron, hay otras que se sienten como plantitas a quienes el viento arrancó de cuajo al nacer y  casi por error estan en tierras extrañas, con raices a medias, sintiendo que en realidad tendrían que haber nacido en otra parte. Hay quienes sienten que hasta viajar como turistas es una pérdida de tiempo y pueden estar en la cima de la Torre Eiffel pensando qué hacen allí y que extrañan su casa****, hay quienes aman viajar pero aman igualmente retornar a un hogar definido y para quienes la vuelta a casa es tan placentera como la exitación de la partida, y hay quienes como yo, sienten que el hogar no es un lugar fijo sino un lugar por descubrir, si acaso, y que está bien así; que el hogar puede ser un conjunto de lugares temporarios donde poner los libros y dejar reposar las valijas, quietas, por un rato. Y que el resto se lleva en los recuerdos y el corazón.




Aquí les dejo algunas imágenes de Chipre, y les deseo que esta sea para ustedes una hermosa semana!


La roca donde nació Afrodita: Petro tou Romeo





Ledra Street, en el centro de Nicosia (lado Griego):


Bahía de Kyrenia ( en el norte de la isla, del lado Turco)


Kakopetria (en las montañas Troodos, al centro de la Isla):




* Apollinaire, Les Mamelles de Tirésias (citado en Rayuela, "Del lado de acá")
**La imagen del comienzo es una foto de la Iglesia Catedral de Córdoba, Argentina, vista desde la plaza que se encuentra en frente, llamada Plaza San Martin. San Martin fue el libertador de Argentina. La foto fue tomada en abril de 2006. 
***Rayuela, capítulo 40
**** Historia real. Conocí a alguien a quien le pasó exactamente eso.





2 ago 2010

Mi Belgrado



Llegué a Belgrado por primera vez hace 4 años y medio, una noche de febrero muy fría, sin saber demasiado qué esperar. Llegaba con mi marido, con quien acabábamos de casarnos en Italia y era ése un viaje que no habíamos planeado. 

El día de nuestro casamiento habían evacuado de Costa de Marfil al personal de la organización para la que trabajábamos, a causa de ataques contra la misma y revueltas. Como consecuencia de ello, sólo el personal indispensable podía quedarse en el pais: como yo no formaba parte de este grupo de gente, no podía volver. Mi marido, en cambio, debía hacerlo a la brevedad. Así que, a dos semanas de casados, y en vistas de que deberíamos estar separados por un tiempo indeterminado, decidimos que, por una cuestión de proximidad con Costa de Marfil, yo me quedara en Belgrado (con su familia, a quienes no conocía) en lugar de viajar a Argentina. Y en esas condiciones llegué a la ciudad por primera vez.

Antes de ese momento, Serbia era para mí  un gran interrogante, y lo poco que conocía del país estaba marcado por el estudio de Derecho Internacional: el desmembramiento de la ex-Yugoslavia, las guerras cruentas, la secesión de su territorio, Milosevic, Kosovo, el Tribunal para juzgar los crímenes de la ex-Yugoslavia, el bombardeo de la OTAN en 1999, la Operación de Mantenimiento de la Paz de la ONU. A lo largo de nuestros pocos meses de noviazgo, mi marido había ido sumando otras imágenes con sus relatos, pero aún así no alcanzaba a imaginar qué ciudad iba a encontrar. Esa noche y las tres semanas siguientes fui descubriendo una Belgrado que nada tenía que ver con el horror de la década anterior, descubrí la Belgrado de mi familia.


Belgrado se transformó en un lugar donde no me llamo Marcela sino Snjaka *("la nueva esposa" o "la nueva hija política"), donde la familia es grande y está muy presente, donde siempre hay alguien para dar una mano, donde las casas tienen sillones-cama enormes y comodísimos ( y donde hasta los hay en la cocina para tener siempre lugar por si un pariente está de visita en la ciudad y necesita lugar donde quedarse). Belgrado es, para mí, la ciudad de los cafés y las calles arboladas, de la gente muy alta (sepan comprender que ésto me asombre: mido ¡1.58 mt.!) y las mujeres bellas y de punta en blanco. Es una ciudad caminable y caminante, una ciudad de parques y plazas, de crudos inviernos y veranos soleados, una ciudad con murallas, con historia, una ciudad de ríos de cuentos y de valses a los que creció dándoles la espalda, una ciudad vieja y una ciudad nueva, una ciudad nostálgica, una ciudad puente y una ciudad bisagra. 




*se pronuncia "snaica"

25 jun 2010

Harmattan


En Africa Occidental, cuando llega Diciembre, el mundo se transforma. De un día para el otro, la humedad y el olor a lluvia dejan de estar en el aire, el sol se vuelve cenizo, los atardeceres se tornan sanguiñolientos y el aire se llena de partículas  pequeñas e imperceptibles que nublan hasta la visión más cercana y nos hacen entender la neblina de Londres. Diciembre y Enero son, en Costa de Marfil, meses de Harmattan.

El Harmattan es un viento caluroso y seco que sopla desde el Sahara desde mediados de noviembre hasta marzo (pero es más fuerte en Diciembre y Enero), trayendo con él pequeñísimas partículas de arena que recoge en su paso por el desierto. En aquellos años en que sopla con furia, el sol llega a eclipsarse por días enteros y respirar se hace dificil. En las ciudades más cercanas al Sahara, aquellas que se encuentran más hacia el norte del continente (como en Niger, Mali, Burkina Faso o el norte de Costa de Marfil) dicen que el viento vuelve irritables a hombres y animales por igual, y es frecuente ver a los pobladores usar turbante y bufandas a modo de barbijo al aventurarse por las calles. La temperatura desciende por las noches, y ésto es un alivio, pero al mismo tiempo todo, todo adquiere una película de tierra que parece no quitarse nunca, por mucho que limpiemos, que se regenera segundos despues de pasarle un trapo. 

Yo recuerdo de esos meses la sensación de tener las pestañas llenas de arena, la tierra que salía de mi pelo al lavarlo bajo la ducha, la sorpresa de no poder ver los altos edificios  de Plateau, el distrito financiero de Abidjan, desde la ventana de mi oficina. Recuerdo el cansancio y la necesidad de lluvia y la alegría al ver caer las primeras gotas y así saber que el tiempo del Harmattan había terminado, al menos por ese año. Recuerdo haber entendido aquellas historias que leíamos en la escuela sobre el zonda y haber sentido profundo respeto por aquellas personas que, como los tuaregs, conviven día a día con esas condiciones climáticas.

Y ustedes ¿alguna vez han estado en algún lugar con clima extremo? ¿Cómo lo soportaron o soportan? ¿qué climas prefieren y cuales padecen más?

¡Que tengan un lindo fin de semana y hasta el próximo post!



11 jun 2010

La lluvia





Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado*.


Ayer, como casi nunca, llovió en Nicosia. Y mientras veía caer las gotas, copiosas, sobre la calle, golpeando las ventanas de mi departamento a su paso, pensé, como siempre, en lluvias pasadas.


Recordé aquella vez, hace ya diez años, en que se largó a llover con tanta fuerza en Nueva York, que para llegar a la residencia en que vivía tuve que pedir una bolsa de consorcio en un restaurant chino cercano a donde me encontraba, y hacerle un hueco a la altura de los ojos para así poder cubrirme con ella mientras corría cual bolsa azul viviente. 


Recordé la garúa finita y constante que caía sobre una París azul, y volvía al Sena irreal, fantasmagórico, un frío día de invierno de hace ya mucho tiempo. 


Recordé las tormentas en Anisacate, en las sierras de Córdoba, en Argentina, el rugido de los truenos, los relámpagos horizontales, las hojas de los árboles cayendo al piso junto con las gotas.


Recordé las breves tormentas tropicales de Isla Margarita, tan fuertes y violentas como breves.


Recordé la fuerza descomunal de la lluvia en Daoukro, donde los truenos bramaban partiendo el cielo en dos, y las gotas caían con tanta fuerza, con tanta pesadez, con tanta pasión que yo tenía que meterme adentro del armario para poder escuchar cuando me hablaban por teléfono. Recordé el olor de la tierra mojada, el olor a pasto, a fresco que llenaba la ciudad después del vendaval.


Recordé la pequeña llovizna que caía en Florencia el día de mi casamiento (como augurio de felicidad, dirán algunos) y la primera vez que llovió en Nicosia después del nacimiento de mis hijos, cuando los tomé en brazos y los acerqué a la ventana para mostrarles -aunque no se dieran cuenta-que esa agua que caía del cielo era la lluvia.


Sí, para mí, como bien dijo Borges, la lluvia es una cosa que sin dudas sucede en el pasado. 


Y ustedes: ¿Qué lluvias pasadas vienen a su memoria cuando ven llover?


¡Que tengan un lindo fin de semana! ¡¡¡Y bienvenida al mundo Leta!!!!













*El párrafo anterior es el primero de un poema de J.L.Borges llamado "La lluvia", y publicado por primera vez en el libro "Fervor de Buenos Aires". 

1 jun 2010

El Rey y yo



Como alguna vez les conté, llegué a Daoukro, Costa de Marfil, en agosto de 2005, para trabajar en unas elecciones que, hasta ahora, no han tenido lugar. Había sido asignada como coordinadora interimaria en la región, y junto con dos compañeros de trabajo, nos habíamos instalado en la ciudad.

Nuestra zona de responsabilidad era toda la región de N'zi Comoé, pero se había elegido Daoukro como nuestra sede porque se encontraba a mitad de camino entre otras ciudades, y por  otros motivos de índole política que no vienen al caso ahora. Nuestra tarea era entablar relaciones con las distintas autoridades (políticas, comunitarias, sociales), realizar una evaluación de estado actual de las estructuras electorales, de ventajas, problemas y posibles desafíos, para así poder brindar nuestra ayuda cuando hiciere falta. Este trabajo, como pueden imaginar, requería que esas mismas autoridades nos tuvieran confianza y, generarla, era una tarea lenta. El desafío se complicaba aún más porque estábamos insertándonos en una cultura distinta, con códigos diferentes, lo que incrementaba las posibilidades de un traspié. Habíamos sido informados de aspectos básicos de la cultura, claro, pero percibíamos que teníamos que tener cuidado con ciertas sutilezas para no quedar mal y hechar por la borda la misión.

En este marco pasamos nuestro primer mes de trabajo presentándonos a las distintas autoridades regionales. Costa de Marfil está dividida políticamente respetando el modelo francés: en regiones, divididas en prefecturas,  éstas a su vez en sub-prefecturas, y éstas últimas en comunas. Los intendentes comunales son elegidos por voto popular, pero los prefectos y sub-prefectos son nombrados por el gobierno central. Asimismo, se han respetado ciertas estructuras del "derecho tradicional", como son los jefes de pueblo (chef de village), mientras que a otras, si bien se permite que permanezcan, se han privado sus actos de relevancia jurídica.  En esta última categoría se encuentran los reyes tradicionales, que a pesar de no ser reconocidos dentro de la estructura estatal conservan, claro está, gran influencia en su reino. N'zi Comoé es una región que, en su gran mayoria, pertenece a lo que se denomina "pais Baoulé" y, dentro de la misma, existen varios reinos con sus respectivos reyes. Como los límites políticos internos no se corresponden en todos los casos con los límites de los reinados tradicionales, suele ocurrir que el territorio de un rey determinado no coincide exactamente con la prefectura en la que se encuentra, por ejemplo. 

Aproximadamente un mes y medio después de haber llegado a Daoukro y, habiendose incorporado a nuestro equipo tres nuevos compañeros,  el jefe de campo de nuestra organización me llamó aparte y me dijo que no se nos fuera a ocurrir olvidarnos de visitar al rey de Daoukro para presentarle nuestros respetos y pedir su colaboración en nuestra misión. "El rey es una persona muy poderosa" me dijo " y caerle mal al rey o no tenerlo en cuenta es un error que se paga caro. Si el se enoja con ustedes se les pueden cerrar puertas". Yo le pregunté inmediatamente cómo y a quién le pedíamos una audiencia con él y qué formalidades había que cumplir. "Nada más llevarle un regalo que es muy específico: vino de palma. Por lo demás, nada, te va a recibir, va a bendecir tu mision y listo"

Inmediatamente salimos a pedir audiencia con el rey, que habia resultado vivir a unas pocas cuadras de nuestra casa. Nos atendió muy cordialmente su hija, que era también su secretaria, y nos dió una audiencia para la semana entrante. Con el primer paso cumplido, nos abocamos al segundo: conseguir el mejor vino de palma que pudieramos encontrar. Pensabamos que no debia ser dificil de encontrar dado que era el regalo tradicional para el rey. Y aquí las cosas empezaron a sonar raras: el vino de palma se vendía sólo en el mercado, en botellas de plástico de agua mineral, y costaba MUY pero MUY barato: 100 francos CFA la botella (algo asi como 3 dolares). ¿El regalo para el rey podía ser tan barato? ¿y sin estar debidamente envasado? Preguntamos nuevamente y el jefe del campo reiteró "si, vino de palma". Y bueno, nos dijimos, será que lo aprecia por ser un producto tradicional de su tierra, y lo usará en alguna ceremonia...igual nos sonaba muy raro, pero al no tener aun mucha confianza con nadie del pueblo, ni encontrar información en internet acerca de protocolos ni regalos apropiados, nos presentamos con nuestra botellita el día que nos habían dado audiencia.

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: bajamos de nuestra camioneta, todos emperifollados y trajeados, subimos las escaleras de la casa del rey (en cuyo living opera la Corte) y nos dirijimos hacia su hija, preguntándole si el regalo debíamos entregarselo personalmente al rey o debíamos darselo a ella. "No, dejenmelo ver a mi" nos contestó, y le entregamos la botella. Ella abrió la bolsa en la que se encontraba y abrió los ojos bien grandes "¡¿Qué es esto?!" nos preguntó con el ceño fruncido. Palidecimos y, con un hilito de voz alcanzamos a decir "Vino de palma? Nos dijeron que era el regalo que se le hacía al rey..." "¡¿Quién les dijo eso?! El regalo que se le hace al rey es una botella de gin!" Nos aclaró. "Pero ahora no hay tiempo, el rey los está esperando, después traen el regalo indicado, ya veré cómo le explico al rey ésto"

Nos quedamos mudos. Yo me debatía internamente entre querer meterme abajo de las baldosas, salir corriendo a matar al que nos había dicho y repetido que el regalo para llevarle al rey era vino de palma o martillarme la mano por boba y por no haber preguntado a la hija misma del rey acerca del protocolo adecuado. 

Nos hicieron pasar a la Corte y nos indicaron dónde sentarnos. En el salón había una silla  toda labrada en plata (que supusimos era el trono) y a sus costados, otras dos sillas importantes. En frente, a unos metros, había tres sillas más y a los costados de éstas, más sillás, formando un rectángulo entre todas. Nos preguntaron quien estaba a cargo e indicamos que esa persona era yo (¡rogando que no fuera problema el hecho que fuera mujer!)- Me hicieron sentar en una silla que se encontraba en la hilera a la derecha del rey, y a mis compañeros en aquellas que se encontraban frente a él. Un hombre, que luego nos dimos cuenta era el encargado de la ceremonia, se sentó frente a mí. Otra gente del pueblo se fue acomodando en las sillas que se encontraban en la hilera de la izquierda del rey, y allí nos quedamos en silencio unos minutos, muertos de nervios, hasta que la hija del rey apareció indicando que nos pusieramos de pie.

En ese momento hizo su entrada el rey, seguido de otros dos hombres (uno de los cuales estaba vestido como Gandhi). El hombre que estaba a la derecha del rey habló entonces en su lengua tradicional y se dirigió al hombre que estaba sentado frente mío, quien luego tradujo. Lo más llamativo era que el hombre traducía diciendo "el rey dijo que" "el rey quiere" "el rey pregunta" cuando el rey no había abierto la boca. Entre los nervios por el incidente con el regalo, el desconocimiento del baoulé y del protocolo y ceremonial de la corte, y la confusión por el hecho que el rey no hablara pero se le atribuyeran frases creo que nuestros ojos deben haber estado abiertos grandes como platos. 

La ceremonia en sí fue muy interesante, más allá de nuestra ignorancia y nuestro asombro. Nos preguntaron qué veníamos a hacer, cómo estaba compuesto nuestro equipo, si estabamos bien en la ciudad, y luego nos dirijieron al parque de la casa, donde se realizó una ceremonia. En la misma, luego de decir distintas frases en baoulé, la persona encargada de oficiarla echaba agua a la tierra tres veces, pidiendole a ella - la tierra- que bendiga nuestra misión de paz. Me hizo pensar en el culto a la pachamama y en cómo pueblos distintos en todos los confines comparten el amor y el respeto por la tierra.

Una vez que la ceremonia terminó y nos autorizaron a retirarnos salimos corriendo al almacén de ramos generales a comprar el gin más caro que encontramos, lo envolvimos en papel de regalo y, unos 15 minutos después, estábamos de vuelta en la casa del rey, entregándoselo a su hija, que largó una carcajada enorme al vernos llegar tan rapidito con el regalo apropiado. Pedimos disculpas una vez más y nos retiramos rumbo a la oficina.

Siempre fui conciente que, para superar esa gran gaffe, contamos a nuestro favor con el buen humor y la hospitalidad baoulés (que son famosos) y con la buena voluntad del rey y el resto de la Corte. Y salimos airosos. Por un pelo. Por eso, esa tarde, lo primero que hicimos fue enviar un reporte oficial a nuestros jefes, para que informaran debidamente a nuestros compañeros en otras regiones que, si visitaban al rey, debían llevar GIN. Gin, nada más y no otra cosa. Gin. Todavía me lo recuerdo a mí misma cada tanto, por si acaso la vida vuelva a ponerme en esa circunstancia.














24 mar 2010

5 años


Hoy amaneció en Chipre como hace cinco años amanecía en Córdoba: azul el cielo, fresca la mañana, soleado.

En un día como hoy, hace cinco años, dejé Argentina, sin tener idea de todo lo que habría de ocurrirme desde entonces. Fue como si partir hubiera puesto en marcha un remolino de acontecimientos, y hubiera presionado fast forward en mi vida, esta vida de trotamundos que empezó a gestarse a partir de ese momento. Para muestra, basta un botón:

5 meses despues de partir, estaba en un continente distinto de aquél al que me había ido.
5 meses despues de partir, conocía a mi marido
10 meses despues de partir, me casaba.
21 meses despues de partir empezaba a trabajar en el que fue, en muchos sentidos, el trabajo de mis sueños.
3 años despues de partir, estaba embarazada ¡de mellizos!.
3 años despues de partir, había cambiado una vez más de país y continente.


A veces la vida sí cambia en un instante, o eso pareciera....