La ruta:
Una aldea y su gente:
La Iglesia (exterior e interior):
Canoa de pescadores a la orilla del Comoé:
Las redes de pesca de los pobladores:
El estanque de caimanes:
Un arbol de caucho:
Plantas de cacao:
La noche que llegué a Costa de Marfil tuve mi primer encuentro con la cocina local. Habíamos llegado por la tarde a Abidjan junto con otros tres voluntarios, pero entre trámites migratorios y valijas perdidas, para cuando salimos del aeropuerto ya era de noche, teníamos mucha hambre y nada de dinero en moneda local (el franco CFA). Nos registramos en el hotel, y nuestro coordinador nos llevó a comer algo a un “maquis” antes de dormir. Como mis tres compañeros eran también africanos, para ellos la experiencia no fue nueva. Para mí, en cambio, fue toda una aventura.
Los “Maquis”son restaurants locales, informales y con sabores típicos de la gastronomía africana. Muchas veces están improvisados en el patio de una casa, incluso a la entrada de ella. Suele haber un par de mesas de madera o plástico, unas sillas muy básicas, y la cocina suele estar a la vista. La cocina es, generalmente, una parrilla y una olla muchas veces enterrada en la tierra (donde están las brasas), donde la “maman” hace las salsas y guisos. La comida, la mayor parte de las veces, se come con las manos o agarrándola con bolitas de una pasta de mandioca llamada Attiéké. Para lavarse las manos, para sorpresa mía, suelen acercar una palangana de plástico con agua y jabón en polvo de lavar la ropa en un vasito de plástico. Y el agua sucia va a parar a las plantas. Ofrecen cubiertos, pero la mayor parte de la gente come con las manos.
La cocina de una aldea:
Esa noche comimos algo muy simple: brochettes de pollo, a las brasas, pero con el tiempo fui probando otras comidas típicas, sobre todo en Daoukro. La mayor parte de las comidas se sirve acompañado de arroz basmati blanco, papas fritas o ignames fritos, o papas saltadas en manteca (“pommes sautées”).Cuando la comida se demoraba, generalmente nos servían una exquisita papaya con jugo de lima.
A continuación las comidas típicas y, por si alguno se anima, les adjunto también las recetas que pude conseguir:
Alloko: Es lo primero que uno prueba en Costa de Marfil, el plato infaltable en toda fiesta y reunión y el más fácil de hacer- si se encuentran las bananas apropiadas, que son las de la foto que está arriba. Es, básicamente, banana frita. Se la corta en trocitos no muy chicos para que no se deshaga, y se la pone en la heladera para que esté más firme (unos minutos). A continuación, se pone a freir en aceite bien caliente (tambien se puede freir en manteca). Simple y rico. Además de la banana de alloko, en Costa de Marfil se encuentra la banana digamos mediana (que es la común en Argentina), y una banana chiquita, del tamaño de un dedo, que es sumamente dulce.
Poulet Kédjénou (Pollo Kédjénou): Es también muy común, aunque de hechura más dificil. Es un guiso de pollo bien picante, de cocción muy lenta. Es un plato típico de los Baoulés, y tradicionalmente se cocina en una olla enterrada en la tierra que se llama “canari” (queda como ahumado). Además de pollo, tomates y cebollas lleva unas berenjanas chiquitas y amargas.
Ingredientes: 1 pollo entero, 1 berenjena, ½ zucchini, 3-4 tomates, 1 lata de tomates pelados, 2 dientes de ajo, 1 cebolla grande, 5-7 hojas de laurel, tomillo, gengibre, sal y pimienta.
Preparación: Enmantecar una olla hasta la mitad. Cortar el pollo en trozos y ponerlo en la olla, con agua. Poner los tomates en agua hirviendo para pelarlos y cortarlos en trozos. Pelar y el resto de las verduras, y poner todo en la olla. Cortar el ajo, y agregarlo a la olla. Agregar las especies.Revolver todo bien, colocar a fuego medio y revolver cada 5-10 minutos. Durante la cocción, agregar gengibre a gusto (tradicionalmente se agrega bastante porque es un plato picante), tomillo, sal y pimienta. Se cocina un mínimo de 40 minutos y se sirve sobre arroz blanco.
Poisson Kédjénou (Pescado Kédjénou): Es también un plato común, sobre todo en zonas que tienen un río cerca, como Daoukro. Cuando lo comí, la textura era más de sopa que de guiso (la salsa era más acuosa), pero tengo entendido que ésto depende del gusto de quien lo cocina.
Ingredientes: 1 Pescado, 1 tomate fresco, 1 cebolla de verdeo, 1 cebolla, 1 zanahoria, 1 cubo de caldo de pollo, 1 cubo de caldo de verduras, perejil, 1 diente de ajo, pasta de ají, mostaza, aceite.
Preparación: Diluir el caldo de pollo en poca agua. Condimentar el pescado con mostaza, aceite, sal y el caldo diluido, haciendo tajos en el pescado para que los condimentos penetren bien. Colocar aceite en una olla y rehogar las cebollas. Agregar el pescado. Agregar el tomate y la cebolla de verdeo machacados, las lámines de cebolla cortadas, las hojas de perejil cortadas, la pasta de ají, la zanahoria cortada en cubos, una pizca de sal y pimienta, el caldo de verduras y un vaso de agua. Cubrir y dejar hervir a fuego suave durante 20 minutos.
Choucouilla de Poulet: No pude conseguir la receta de este plato, pero es riquísimo. Se realiza con pechugas de pollo cortadas en trozos, saltadas con cebolla y otros ingredientes que tornan la salsa que acompaña al pollo de color chocolate (como una salsa barbecue, o como un mole).
Agouti: Es el único plato que confieso no haber probado. No me animé. “Agouti”es la rata de campo grande, que ellos venden al costado de la ruta y está considerada un manjar. La cocinan en un guiso con tomates, al estilo del pollo Kédjénou, con la piel incluida, y tiene un gusto ahumado (cuentan los que lo probaron que el gusto es parecido al del ciervo ahumado. ¡Tendré que creerles porque no creo que me anime a probarlo jamás!).
Attiéké: Es una especialidad marfilense, producida tradicionalmente por las mujeres en las aldeas. Lo consumen mucho y los marfilenses que viven en el exterior lo extrañan tanto que se han desarrollado fábricas del mismo que lo exportan disecado. Básicamente es una pasta de mandioca: La mandioca se pone a fermentar en agua durante días, se seca al sol, se dora, se hidrata, se seca y luego se la cuece al vapor. Cuando no está en pasta, parece couscous, pero su sabor es diferente, más suave.
Ignames: Son unas especies de batatas grandes, o mejor dicho la batata es una especie de igname. En inglés los llaman “yam”, palabra derivada de nyam, que quiere decir comer en muchas lenguas africanas. Son originarios de Ghana, y fueron introducidos en Costa de Marfil por la etnia Akan (a los cuales pertenecen los Baoulé) y son honrados con una festividad que tiene lugar en febrero. En el pueblo Akan, la fiesta del igname marca el fin de un año y el comienzo de otro. Durante la fiesta, el Rey encabeza una procesión, seguida de danzas, baños purificadores y sacrificios consistentes en la quema de la mitad de las ofrendas (la otra mitad se reparte entre los asistentes como símbolo de unión entre muertos y vivos). Durante la celebración, no puede consumirse igname como conmemoración de los tiempos en que su comida estaba reservada a los miembros de la familia real (algunas leyendas cuentan incluso que en Ghana los ignames era de oro).
Poulet Braisé/Brochettes de poulet: Es una de las formas más comunes de realizar el pollo: a las brasas y en brochette. Se lo sirve sobre un colchón de cebollas y tomates. Cabe señalar, sin embargo, que los pollos en las localidades del interior no son grandes ni están llenos de carne. Por eso los llaman “poulet bicyclette” (pollo bicicleta): porque son flaquitos y musculoso como un ciclista.
Además de estas comidas que pueden encontrarse en cualquier lugar que se visite, Costa de Marfil tiene uno de los mejores mangos del mundo, dulcísimos, papayas exquisitas (pequeñas y del tamaño de una sandía), y ésta fruta, que me dijeron que se llama Doha, que jamás había visto y es grande como un melón.
Llegué a Daoukro 10 días después de mi arribo a Costa de Marfil, un miércoles de agosto caluroso por la tarde, con el sol cayendo rápidamente sobre los campos verdes y la tierra roja.
Mis compañeros de trabajo y yo habíamos dejado Abidjan el día anterior y recorrido en auto unos 600 km hasta llegar a Bouaké, pasando por Yamoussoukro, y cruzando la zona de confianza. Habíamos pasado la noche en Bouaké y, luego de encargarnos de diversas cuestiones administrativas, habíamos emprendido los aproximadamente 200 km restantes hasta Daoukro.
Lo primero que percibimos al llegar era que la ciudad parecía pequeña, y la gente simpática. Los empleados del hotel eran super serviciales y aceptaron, por ejemplo, colgar arriba de la cama la mosquitera impregnada de insecticida que yo había traído desde Abidjan; nos hablaban del pueblo, sonreían, se mostraban amables. En los días por seguir habríamos de confirmar esta primera impresión.
Daoukro es una ciudad chiquita, de menos de 60.000 habitantes, que se extiende a lo ancho, desparramándose, metiéndose casi entre los árboles bajos del bosque que la rodea. Se encuentra en y es la capital del Departamento del mismo nombre, ubicada en la región de N’zi Comoé. Esta región, que debe su nombre a los dos ríos que la delimitan (el N’zi y el Comoé) fue una de las más ricas y fértiles de Costa de Marfil hasta la década del 80, en que las grandes plantaciones de cacao y café, y las industrias de procesamiento de los mismos (la llamada “Boule du Café- Cacao”) se trasladaron al oeste del país debido a que las tierras del N’zi Comoé habían perdido fertilidad. Sin embargo, la región conserva aún hoy algunos cultivos de cacao y de arroz (sobre todo al sur, en Tiémélekro), bosques de tala, y se mantienen las redes de ferrocarril que habían sido construidas durante la época colonial para llevar el café y el cacao al puerto de Abidjan, y desde ahí, exportarlos.
La ciudad en sí está dividida por dos calles principales. En una de ellas, se encuentra uno de los tres almacenes existentes, en la otra (por donde pasa la ruta que va hacia la localidad de Prepressou) están la casa del Rey, la del ex presidente Henri Konan Bedié (quien sucediera al Presidente Houphouet Boigny y que fuera depuesto por el golpe militar de 1999) y el Hotel de la Paix ( un hotel 4 estrellas muy bonito, con pileta de natación y un restaurant con comida local abiertos al público. Pueden ver su página web aqui ). Hacia el este, casi en el límite con el bosque, hay una laguna de agua quieta con nenúfares y otras pantas, al borde de la cual hay una quinta de verduras que provee al mercado y dónde íbamos a abastecernos los sábados por la mañana.
Las únicas calles asfaltadas son las principales, el resto son de una tierra colorada que impregna el aire y todo lo que toca. Además de ésto hay un mercado al aire libre, un hospital, dos hoteles 2 estrellas, dos discothèques, varios maquis (restaurants locales), una iglesia católica, una mezquita grande (construida en 1995) y 9 pequeñas y una cincuentena de iglesias protestantes, entre ellas algunas netamente africanas como la Comunidad Celeste y la Dehima. Conforme me explicaron, el motivo de tan gran número de cultos en una ciudad relativamente pequeña radicaría en que los fieles no lo son mucho: parece ser que luego de unos años, prefieren iniciar su propio culto conforme a sus propias ideas, y así año tras año, nacen nuevas iglesias.
En lo que respecta a la población, Daoukro, como todo el N’zi Comoé a excepción de un Departamento (el de Bongouanou), es predominantemente de la etnia Baoulé, originaria de Ghana. Los miembros de esta etnia se caracterizan por ser buenos orfebres (trabajan particularmente bien el oro) por ser animistas (si bien en la actualidad la mayoría profesa también alguna otra religión), y por ser muy abiertos y amigables. Estar en “pays baoulé” (tierra baoulé) es estar en un lugar donde la gente es amable, donde acogen bien al recién llegado, donde es más fácil entablar una conversación en la calle, y hacer amigos. Asimismo, existe una importante comunidad libanesa, como en todo el país, dedicada fundamentalmente al comercio y muy integrada con la comunidad local.
Viví en Daoukro cinco meses intensos, en los que pasaron muchas cosas. Estuve enferma muchas veces (incluyendo dos veces con malaria), montamos de la nada una oficina y la pusimos en marcha, recorrimos la región con lluvia, con sol, con niebla y semana tras semana la empezamos a sentir nuestra. Fue algo raro: vivir en Daoukro no fue fácil y sin embargo llegué a encariñarme con la ciudad y su gente, con los niños que revoloteaban por las despensas ofreciendo llevar las bolsas de la compra por unas monedas, con la chica que nos enseñaba a negociar en el mercado para que no nos cobraran “precio de blanco” (más del doble), con el panadero que conocía nuestro paradero al instante y había aprendido a hacer pan redondo como le gustaba a los soldados belgas, con los chicos que me venían a mostrar su remera de la selección argentina con el 10 de Maradona o el 9 de Batistuta, hasta con el bioquímico del hospital que nos hacía los tests de malaria y se reía de nuestra cara de susto cuando daban positivo. “Descanse, tome vitamina C, tome los remedios y no se preocupe” decía como si la malaria que hay en Costa de Marfil no fuera la más grave, la tipo 4, la que puede devenir en cerebro-malaria.
Por eso, cuando pienso en Daoukro tengo la sensación que es un lugar donde el tiempo está quieto, donde la vida transcurre sin mucha pompa, de manera casi imperceptible. Pero donde, a pesar de todo, se está bien.
NOTA: Daoukro se pronuncia Daukró, Bouake: Buaké, Yamoussoukro:Iamusukró, Baoulé: Baulé
